Líbano, Israel y el problema imposible
Una nota sobre
el pollo gigantesco que tenemos estos días en Líbano y Palestina. Por mucho que El País, El Mundo y parte de la progresía hispánica lloriquee sobre la reacción de Israel (incluyendo al presidente del gobierno), el malo de la película no es el estado judio.
Tenemos por un lado una democracia que se ha retirado unilateralmente de Gaza y el sur de Líbano tratando de conseguir la paz. En el otro lado tenemos a dos organizaciones politicas terroristas que han decidido seguir atacando civiles, lanzando cohetes y matando inocentes. Una está en el gobierno de uno de los territorios que Israel abandonó, la otra es tolerada por el gobierno Libanés. Cuando un gobierno decide atacar a otro, o ignora a las milicias que lo hacen, un estado tiene la obligación de responder para proteger a su población.
Se puede hablar de excesos israelíes todo lo que se quiera; es el gobierno libanés el que ha estado pasando de todo hasta ahora. Que hablen de diálogo, negociación y no a la guerra cuando han dejado hacer a grupos terroristas lo que querían lo siento, pero suena a apuesta fallida.
Hace falta decir, sin embargo, que Líbano no es realmente el culpable; el país es desde hace tiempo un protectorado de Siria. Donde está Siria, está Irán... y si Irán se puede permitir esas aventuras es básicamente porque Estados Unidos está perdiendo el tiempo en el pantano iraquí. No creo que el conflicto se extienda más, básicamente porque no hay nada mejor para sirios e iraníes que tener a sus dos mayores rivales cazando moscas a cañonazos en guerras sin demasiado sentido.
Paradójicamente, una guerra convencional quizás dejaría las cosas más claras, ya que al menos sabríamos quien pierde y quien gana. Siria, sin embargo, parece haber recibido suficiente palizas ante la IDF como para arriesgarse.
Ante que los tontos habituales hablen que todos los terrorismos son iguales, por cierto, nótese que en Euskadi los malos son los que han declarado el alto el fuego y quieren hablar para dejarlo. En Líbano, los malos ni dejan de matar, ni tienen ganas de hacerlo. De hecho, más que hablar, siguen con lo de destruir Israel y diciendo que eso de la democracia es una tontería. El garrote no debe ser aplicado a los primeros, ya que quieren dejar de ser un problema; los segundos, en cambio, siguen con su tradicional fanatismo. No hay demasiado que hablar.