El crujir del los corazones que no laten.
De fondo sonaba suavemente una guitarra mientras él le susurraba palabras al oído; no había amaneceres ni ocasos en ese sitio, ni siquiera tiempo. Los días, posiblemente, se sucedieran en el exterior, pero no allí donde el parqué del piso poseía vida y se animaba a conversar con el hogar que siempre estaba encendido. Hace tiempo que en esa casa no se oye una carcajada, mucho menos un llanto; como si cualquier muestra de sentimiento se hubiera marchito con el tiempo convirtiendo las habitaciones en santuarios del vacío, donde sólo se escucha el crujir del techo y los ecos del corazón.
Han pasado tanto tiempo juntos que ni siquiera saben si han estado separados; el único hijo que tuvieron les fue arrebatado por la tragedia demasiado temprano y el dolor que quedó mató las esperanzas de tener otro. Es ese dolor el que se ha marcado a fuego en sus almas y resuena cada día, como si se hubiera encarnizado con ellos. Juntos se olvidaron del significado de luchar y la palabra vivir ya suena desconocida. Supieron acostumbrarse al silencio y a la monotonía de lo gris, no por opción sino por comodidad; y juntos dejaron que el tiempo pase sin que el sufrimiento se dé por enterado. Ella suele tejerle bufandas y gorros que él almacena en un armario sucio, de vez en cuando estrena alguno y se sienta frente al fuego del hogar a contarse arrugas, a ver brillos ajenos; ella calla a su lado concentrada en su lana que va y viene, que nunca le pregunta cómo está. Los suspiros suelen amontonarse y escurrirse por todo el caserón buscando respuestas o señales, o algo.
En el barrio nunca han escuchado otra palabra de ella además del hola pálido de cada mañana en la panadería, y de él sólo se sabe que existe, jamás se lo ha visto. Pero no le importa, él sólo sabe del paso del tiempo cuando se descubre anciano en el espejo y cabizbajo va a sentarse esperando al olvido que nunca llega; ella anhela con encontrarlo revolviendo el estofado del día que es una versión demasiada parecida al de ayer y al de mañana.
Ya están muy viejos y este invierno es demasiado crudo para el frío de ese hogar sin vida. Tal vez, un día de estos, tengan por fin una visita; tal vez la muerte venga a visitarlos y, si tienen suerte, tal vez los encuentre abrazados en su cama, con una sonrisa, felices de saber que la agonía ha terminado. Ojalá les espere algo... algo.