Disculpe que le espíe el escote señorita, pero es imposible no hacerlo. Tengo una mirada rebelde y mal educada, que deambula de aquí para allá a capricho sin importarle cuantas reglas rompe o el peligro al que expone, a este humilde servidor...
En defensa injustificada de la mirada, debo advertirle que son sus senos unos descarados, poseen el volumen, la forma y la turgencia exactas para seducir a la mirada más santa. La mirada exploradora, que ve en la gruta bajo su cuello la entrada al paraíso perdido, no tiene salvación, sus senos son un imán...
Así que disculpe, a pesar de mis buenas intenciones y la profunda bofetada recibida, me resulta imposible alejar la mirada de su escote...