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"Tajimara": García Ponce

Juan García Ponce, "Tajimara", en La noche (México: Era, 1989)

Las primeras narraciones de García Ponce fueron colecciones de cuentos, Imagen primera y La noche, ambos libros publicados en 1963; es en este último dónde encontramos "Tajimara", uno de los cuentos más logrados de esta época del autor. El relato parte del punto de vista del Narrador-personaje (N-P) que quiere contarnos la historia de los hermanos incestuosos, y artistas en la pintura, Julia y Carlos, que han dejado la ciudad de México para trasladarse a su casa de campo en Tajimara. Sin embargo, su deseo de contarnos esta historia se interrumpe constantemente porque en su memoria aparece el recuerdo de Cecilia, su objeto erótico-amoroso. Nos cuenta, pues, dos historias que se hallan en pugna constante y que como imágenes invertidas en un espejo son la misma historia: el triunfo de la soledad, el vacío que provoca la ausencia, la muerte del amor, la transgresión de las reglas, y la nostalgia del tiempo irrecuperable de la inocencia. Desde un presente, el ahora y aquí de la enunciación, un "yo" relata los eventos vividos, rememora sus experiencias en una sucesión de imágenes donde cada instante se precipita en el siguiente para revelarle cada vivencia con la sensibilidad que las contempla. Esto nos entrega una doble focalización: primero interna (el "mundo interior" del protagonista, su actitud reflexiva y anímica) y desde ahí nos ofrece las acciones de Cecilia, Guillermo, Julia y Carlos: focalización externa. Gracias a este mecanismo, el narrador, desde este topos narrativo, nos ofrece las dos instancias existenciales que recorren el relato, que se tocan y se separan magistralmente: reflexión y vivencia. Veamos cómo se despliegan estos dos espacios en el texto.

El protagonista nos ofrece su saber interpretativo de acuerdo con su propio sistema de valores y adquirido por el hacer persuasivo del destinante que en nuestro relato es la imposibilidad de la unión amorosa basada en la identidad entre la pareja que lograría la existencia de un diálogo entre pensamientos, cuerpos y espíritus (el "yo a ti, tú a mí"), en una sociedad que con su lógica moral e imposiciones culturales no permite aprovechar la oportunidad del amor quedando sólo la nostalgia de un mundo perdido:

Recuerdo la destartalada y antigua casa en Tajimara, el estallar de los manzanos e higueras, la voluntaria confusión de los cuadros de Julia y Carlos, y el vacío de las tardes sin Cecilia. ¿Para qué hablar de todo eso?. [...] Caminé sin rumbo y sentí dentro de mí el vacío de la tarde que empezaba sin Cecilia.

El protagonista se coloca ahí, en sus representaciones y se instaura como conciencia solitaria pero no llevando a cabo un simple registro de acontecimientos psíquicos sino que, apoyándose en sí mismo, se entrega a la reflexión trascendental a través del recuerdo de lo vivido para tratar de dar un sentido al contenido de su espíritu que se interroga sobre el problema del ser y de las cosas. Antes de continuar, me detendré en la descripción de las acciones para comprender más claramente la intencionalidad narrativa: el protagonista está enamorado desde su adolescencia de Cecilia la cuál ama a Guillermo sin ser correspondida como deseaba y con quien más tarde se casa para divorciarse al poco tiempo. Después de su divorcio entabla una conflictiva relación amorosa con el narrador-personaje. Por medio de Cecilia, conocen a Julia y Carlos, hermanos que sostienen una relación incestuosa, Julia se casa después con otro y Carlos piensa viajar a Europa. El protagonista se queda con la nostalgia de ese mundo perdido donde su amor por Cecilia queda fijo en su memoria, en su soledad y en la historia que escribe.

Desde este ahora narrativo el protagonista hace emerger su historia, revisa su vida pasada frente a ese presente que lo instala en la realización de una verdad de donde partirá para aprender de nuevo a ver y sentir el mundo y su contingencia. Su historia está tematizada de amor y erotismo que están presentes como una atmósfera de múltiples sentidos donde el tiempo se entreabre y la sexualidad transforma las ideas a través de la coexistencia de los cuerpos:

Las tardes interminables en que yo trataba de hacerla gozar y el olor revuelto de nuestros cuerpos después de hablar horas enteras en la cama con las piernas entrelazadas [...] luego, con el sudor revuelto, me rodeaba la cintura con las piernas y yo la buscaba por dentro y después de revolverse y quejarse y suspirar se aflojaba al fin y murmuraba "gracias, gracias por esperarme".

El sin remedio nos envuelve al terminar de leer este relato en el que se percibe el eco de la prosa de Robert Musil. Las dos historias se hacen y deshacen y, al final, la derrota del amor y el triunfo del orden establecido acrecienta la sensación de vacío, donde la ausencia del ser amado en la memoria y en el espíritu de los amantes es una presencia fija.




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