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Sin destino: Imre Kertész

Imre Kertész, Sin destino (Barcelona: El acantilado, 2004), pp. 263.

Los misterios que tiene la vida son inescrutables. Vivimos de determinada manera sin imaginar que, de pronto, todo puede cambiar y lo que antes guardaba cierta armonía pasa a dejar de tenerla o a abrigar otro tipo de unidad dentro de la babel que se presenta. Cuando de repente todo da una vuelta se busca afecto, comprensión, entendimiento o, por lo menos, una palabra de aliento y se encuentra casi siempre, cuando se encuentra, en quien menos se piensa y en quien se cree que se hallará, no se halla. Los misterios de la vida también están en esto...

Hemos visto infinidad de películas con este tema, leido la misma cantidad de literatura al respecto, pero Sin destino de Imre Kertész es otra cosa. Parte de su maestría consiste en que el tema está tratado con una distancia y objetividad sorprendente (sin desgarramientos ni sentimentalismos. Imre Kertész estuvo en un campo de concentración a los 15 años, sus abuelos maternos murieron en el Holocausto nazi y sus abuelos paternos fueron asesinados bajo el régimen comunista de Rákosi), además desvela una filosofía que se introduce desde los primeros renglones en nuestro espíritu, una filosofía de vida...

Estamos en Budapest un día de 1944 y Gy&w7Y-rgy K&w7Y-ves, un adolescente de 14 años, se encuentra con la "noticia" de que en su camisa o saco debe de existir siempre una estrella amarilla con la que puede circular por la calle hasta las ocho de la noche, nada más. Su padre tiene que "abandonar a la familia" porque es asignado a trabajos obligatorios y percibe que "los años felices y despreocupados de la infancia habían terminado" para él a partir de ese momento, sin imaginar lo que vendría poco tiempo después: compartir el destino común de los judíos durante la segunda guerra mundial, como le dice su tío Lajos en cuanto despiden a su padre y él se queda con su madrastra (aunque tiene a su madre, pero sus padres están separados).

La vida prosigue y nuevas leyes se proclaman para los judíos, el adolescente húngaro tiene que ponerse a trabajar, es una obligación que le es comunicada en una nota: "Gy&w7Y-rgy K&w7Y-ves, joven aprendiz, se le ha asignado un puesto de trabajo permanente". Un día caluroso se levanta temprano para ir al trabajo y, a poco tiempo de dejar "atrás las últimas casas de los suburbios, al cruzar el pequeño puente que lleva a la isla Csepel", el autobús frena de repente y una voz "desde afuera, mandaba apearse a los judíos que se encontraban en él. 'Seguramente será para revisar los pases de frontera y permisos', pensé". Sin imaginar lo que realmente sucedía (sólo sabían que irían a trabajar a otro lado), después de algunos días de viaje en tren y casi sin agua, los pasajeros llegan a una estación desconocida:

Vi, a mi izquierda, un edificio que anunciaba una estación. Resultaba ser un edificio minúsculo, gris y totalmente desierto, con pequeñas ventanas que estaban cerradas (...) Otros también vieron el edificio, y yo se los conté a los que estaban alrededor. Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: Auschwitz-Birkenau, eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Trate en vano de acordarme de mis estudios de geografía, los demás tampoco tenían idea de dónde estábamos.

Habían llegado a su destino.

En Auschwitz-Birkenau sólo está tres días, los justos para pasar por las duchas de agua (no de gas, como pasaron quienes no resultaron aptos para el trabajo), raparlo, echarle desinfectante y darle esa ropa "de preso" (incluía unos zapatos de madera) que a partir de ese momento usaría. Aprendió muy pronto la diferencia entre un campo de exterminio y un campo de trabajo, aunque sabía que los dos eran esos "campos de concentración" de los que un día escuchó hablar en alguna clase o en alguna plática familiar. Su destino era en un campo de concentración de trabajo en Buchenwald:

Enseguida nos contaron, nos ordenaron, nos llevaron y nos trajeron, para determinar quiénes dormirían en qué tiendas: nos pusieron en filas de diez, delante de nuestros respectivos bloques (...) Mi vecino de la izquierda era un hombre alto y delgado (...) quería saber cómo había llegado hasta allí, a lo que yo respondí: "Fue muy fácil, sólo tuve que bajar del autobús". "¿Y qué?", preguntó. Le respondí que nada más, que allí estaba.

Muchas cosas suceden a Gy&w7Y-rgy K&w7Y-ves además de contagiarse de sarna, piojos, chinches, de conocer el hambre a "largo plazo" y la degradación interior, de envejecer 10 o 15 años en tan solo un año (después de un tiempo se ve en un espejo y no se reconoce), de tener los zapatos pegados a los pies, a tener en lugar de un nombre un número, de recibir golpes porque se le caían los sacos de cemento que a veces no aguantaba en la espalda, y de graves infecciones que lo llevaron a un hospital. Pero sobre todo, aprendió tres formas de evadirse en un campo de concentración:

1. La imaginación (que siempre permanece libre)
2. Abandonarse (cualquier rincón, cualquier sitio o escondite bastaban)
3. La literaria ("la verdadera").

Gy&w7Y-rgy K&w7Y-ves aprendió, también, a vivir un "destino determinado" que no era su destino, pero lo había vivido...

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