Vi, a mi izquierda, un edificio que anunciaba una estación. Resultaba ser un edificio minúsculo, gris y totalmente desierto, con pequeñas ventanas que estaban cerradas (...) Otros también vieron el edificio, y yo se los conté a los que estaban alrededor. Me preguntaron si veía el nombre de alguna localidad. Y sí, lo vi: eran dos palabras que a la luz del sol se distinguían perfectamente; el cartel colgaba del lado más estrecho del edificio, debajo del techo, justo enfrente de nuestro vagón: Auschwitz-Birkenau, eso leí, estaba escrito con las típicas letras alemanas, altas y onduladas. Trate en vano de acordarme de mis estudios de geografía, los demás tampoco tenían idea de dónde estábamos.
Habían llegado a su destino.
En Auschwitz-Birkenau sólo está tres días, los justos para pasar por las duchas de agua (no de gas, como pasaron quienes no resultaron aptos para el trabajo), raparlo, echarle desinfectante y darle esa ropa "de preso" (incluía unos zapatos de madera) que a partir de ese momento usaría. Aprendió muy pronto la diferencia entre un campo de exterminio y un campo de trabajo, aunque sabía que los dos eran esos "campos de concentración" de los que un día escuchó hablar en alguna clase o en alguna plática familiar. Su destino era en un campo de concentración de trabajo en Buchenwald:
Enseguida nos contaron, nos ordenaron, nos llevaron y nos trajeron, para determinar quiénes dormirían en qué tiendas: nos pusieron en filas de diez, delante de nuestros respectivos bloques (...) Mi vecino de la izquierda era un hombre alto y delgado (...) quería saber cómo había llegado hasta allí, a lo que yo respondí: "Fue muy fácil, sólo tuve que bajar del autobús". "¿Y qué?", preguntó. Le respondí que nada más, que allí estaba.
Muchas cosas suceden a Gy&w7Y-rgy K&w7Y-ves además de contagiarse de sarna, piojos, chinches, de conocer el hambre a "largo plazo" y la degradación interior, de envejecer 10 o 15 años en tan solo un año (después de un tiempo se ve en un espejo y no se reconoce), de tener los zapatos pegados a los pies, a tener en lugar de un nombre un número, de recibir golpes porque se le caían los sacos de cemento que a veces no aguantaba en la espalda, y de graves infecciones que lo llevaron a un hospital. Pero sobre todo, aprendió tres formas de evadirse en un campo de concentración:
1. La imaginación (que siempre permanece libre)
2. Abandonarse (cualquier rincón, cualquier sitio o escondite bastaban)
3. La literaria ("la verdadera").
Gy&w7Y-rgy K&w7Y-ves aprendió, también, a vivir un "destino determinado" que no era su destino, pero lo había vivido...
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