opiniones
Por razones que se me escapan, el señor Ussía cae bien a bastante gente a mi alrededor. Incluso a gente a la que quiero, y de cuyo discernimiento me suelo fiar a ciegas. Si sale en la conversación, hago por callarme, consciente de que mi antipatía por él tiene mucho de ideológica... Pero, según leo, el interfecto ha tenido a bien expresar por escrito la opinión que le merecemos todos los que, hace un tiempo, en unas elecciones democráticas y libres, votamos por un partido que no es el suyo. Cuando alguien se permite opinar en público (y descalificar, por añadidura) sobre los demás, sobre mí (porque también me toca mi parte de pavor gallináceo, según sus desafortunadas y desvergonzadas palabras), se pone a sí mismo en situación de ser blanco de opiniones, también. Y, si me permiten, debo decir que, por
sus palabras (entre otras muchas cosas, y entre otras muchas perlas escritas o declaradas en voz alta en otras ocasiones), no me voy a quedar con las ganas de calificar al señor Ussía como el perfecto gusano, el infecto miserable que, en mi modesta opinión, ha demostrado, ahora y antes, ser.
(En realidad, tenía en la punta de la lengua, y de los dedos, un calificativo mucho más sonoro que tenía que ver con su santa madre y la profesión más antigua del mundo, pero qué necesidad hay de verbalizar el hervor de la sangre...)