no hace tanto...
Anoche estuve tomando un gin-tonic en Pirámide, ese viejo local de la zona de Huertas, cerca ya del Paseo del Prado. Con una pareja de buenos amigos que, en cosa de una o dos semanas viajarán, por fin, a Nepal. A por su hija.
Volví al Pirámide, decía. Después de mucho tiempo: uno ya no sale apenas de noche. Es un lugar oscuro, decorado con retales de aire presuntamente egipcio en su versión Hammer. Ha sido (aún es) refugio de varias generaciones de tribus más o menos siniestras, góticas o qué sé yo: cardados, ojos pegoteados de rimmel, medias de rejilla rasgadas, lápiz de labios oscuro... Ha sido (y sigue siendo, por suerte) reducto de músicas que ya en casi ningún sitio se escuchan, de Nena a Depeche Mode pasando por Smiths y Kraftwerk.
Había mucha gente. Gente de vario pelaje (con el correspondiente porcentaje de punkitos de uniforme negro, menos mal). Había una muchacha de imagen impactante en la barra. Había buena música y poco humo (eso sí es una novedad). Pasamos un buen rato.
Con el vaso en la mano, la mirada perdida entre los parroquianos y un sonrisa probablemente embobada en los labios, me acordé de un montón de buenos momentos. Muchos y muy buenos.
Muy, muy buenos momentos...