Google
 
Web www.granainfo.com

los crucificados

Contra su costumbre, el Gordo Valija rebuscó unas monedas en los bolsillos y se las entregó a la vieja mujer que ofrecía estampitas y almanaques entre las descoyuntadas mesas del bar.
-Yo no siembro los caballos &4oCT-dijo ella.
La mujer tomó las monedas, miró apenas por un instante al Valija antes de irse, sin agradecerle.
Luciana cruzó mirada con el Valija, después la cruzó conmigo.
-Tengo la cadera estúpida &4oCT-pudimos todavía oír a la vieja mientras se alejaba.
En los atardeceres húmedos del invierno, en días cuando cada calle del Dock se emboza en abrazos de niebla y parece transpirar un arcaico dolor, no es extraño el surgimiento inclemente de metafísicas misteriosas, de sentencias imaginadas en otro tiempo, en otro lugar.
Las frases de la vieja mujer me hicieron evocar fríos corredores en los manicomios.
Después de todo, los loqueros, como algunas palabras, igual que ciertos capullos de rosa cuando florecen inesperadamente, nos ayudan a huir un poco de ese miedo inconcebible que a veces nos angustia y desorienta como la espesa bruma que emerge de los pantanos.
Afuera, en la calle, un pájaro silbó.
-Los ciegos, los sordos y hasta las vacas tienen la médula desviada &4oCT-pensé.

Uno de ésos me tiene loco desde la medianoche hasta casi la madrugada &4oCT-dijo Pippi-. Se posa en una rama de eucalipto que roza la ventana de mi dormitorio y desde ahí canta que te canta.
-Un zorzal con la hora desquiciada &4oCT-le sonrió Luciana.
Cosas que le suceden a Pippi, marino sin cubierta que una vez anclara en las arenas del Doke para quedarse estancado por vetusta chifladura.

Locos. Desquiciados.

Se ha escrito que Nietzsche perdió la razón a los cuarenta y cuatro años. En los primeros días de enero de 1889 salió de su casa y pudo ver como un cochero maltrataba con saña a uno de los caballos de su carruaje. Desesperado Nietzsche se arrojó sobre cuello del animal y lo abrazó llorando.
Poco tiempo después lo recluyeron en un manicomio de la ciudad de Jena.

El Valija volvió a mirar a la mujer de las estampas y los almanaques que con apagados pasos se dirigía hacia la puerta del bar.
-Se dice que en otros tiempos fue una piruja espectacular.
Un barril de contratiempos
sordos y duros
le asoló impiadosamente
el sueño y el amor,
aquella niña libre
desenfadada
prefirió enloquecer
mendigar
antes que traicionarse.

También a los cuarenta y cuatro años Jacobo Fijman fue encerrado en un hospital para enfermos mentales.
Extraviado para siempre en el loquero. Dado por perdido para la humanidad, irrevocablemente.
-¿Estampita o almanaque? &4oCT-le pregunté al Valija.
Veintiocho años, fuera de todo mundo imaginado.
Veintiocho años. Después, en la morgue del hospicio, un cartelito sujeto con un hilo a uno de los dedos del pie: Jacobo Fijman, 72 años, muerto de edema pulmonar.
-Almanaque &4oCT-me respondió el Valija mirando el pedazo de cartulina coloreada que le dejó la vieja a cambio de las monedas-. Del año pasado.

¿Y todavía tenés cara para leer sus versos sin gramática en los clarividentes pasillos de la facultad?

-Todos los pájaros están desquiciados &4oCT-afirmó Pippi, afligido.
-La locura es la esencia íntima de las aves &4oCT-dije.
-Cuando no las encerramos razonablemente &4oCT-dijo Luciana.
Nietzsche estuvo un año en el loquero de Jena. Después los médicos autorizaron a su madre a que se lo lleve a casa. Vivió todavía diez años más, como un vegetal. Los especialistas ya habían dictado el contundente diagnóstico: reblandecimiento del cerebro.

(No diré: Artaud,
ni Walser o Maupassant,
Panero: no diré)

En el almanaque -extemporáneo y un poco ajado por el manoseo- se puede ver la fotografía de un antiguo y desaparecido negocio de pastas del Dock de los años cuarenta. En un letrero de latón, reclinado sobre la pared encima de la puerta de doble hoja, se lee el estampado nombre del lugar en grandes letras geométricas: El Rey del Raviol.
-Pero este zorzal de mi ventana tiene de verdad el cerebro reblandecido &4oCT-dijo Pippi.
Sonriendo, como corresponde a todo viejo grumete de tierra firme.

Extractos de las anotaciones de los médicos del Manicomio de Jena referidos al paciente Friedrich Nietzsche en 1899:
19 de enero: El enfermo se dirige hacia la sección saludando repetida y ostentosamente. Con andar majestuoso y con la mirada fija en el techo entra en su habitación y da las gracias por &4oCc-esta magnífica acogida&4oCd-. Gesticula y habla sin interrupción con una voz afectada empleando palabras grandilocuentes, a veces en italiano, otras en francés. Habla de &4oCc-sus secretarios de embajada y de sus lacayos&4oCd-. El enfermo siente un gran apetito.
24 de enero: Muy escandaloso. A veces es necesario aislarlo.
23 de febrero: &4oCc-En último lugar, fui Federico Guillermo IV&4oCd-.
28 de febrero: Sonriendo, solicita a un médico: &4oCc-déme un poco de salud&4oCd-.
27 de marzo: &4oCc-Es mi mujer, Cósima Wagner, quien me ha traído aqu&w63igJ0-.
19 de abril: Escribe cosas ilegibles en las paredes. Solicita un revólver &4oCc-por si se prueba que la gran duquesa hace jugadas sucias contra mí, me ponen malo el lado derecho de la frente&4oCd-.
14 de junio: Piensa que el jefe de los enfermeros es Bismarck.
4 de julio: Rompe un vaso y expande los restos por el suelo &4oCc-para defender el acceso de su habitación con los trozos de cristal&4oCd-.
9 de julio: Salta como una cabra, hace muecas y encoge el hombro izquierdo.
7 de setiembre: Se acuesta casi siempre en el suelo, al lado de la cama.
Cuando la mujer de las estampas y los almanaques se marchó y afuera el pájaro se diluyó en el silencio, nosotros también nos quedamos callados.
Quizás imaginamos que así podríamos tropezar con alguna serenidad posible cuya calma nos alejara de todos los engañosos espectros de los atardeceres húmedos.
Una voz extraña
ahogada
entonando quejumbrosamente,
un piano que repite
improvisaciones algo arrebatadas.
No es realmente música
apenas una abatida grabación,
lamento para no olvidar
parientes lejanos
inmigrantes
extraños llegados al Dock,
tiempo, largo tiempo atrás.

En el mediodía del lunes dos de noviembre de 1942, agentes de policía de la Comisaría 4&wqo- de Buenos Aires allanaron el altillo del segundo piso del edificio de Avenida de Mayo 1276, donde vivía Jacobo Fijman, internado desde pocos días antes en un hospital psiquiátrico. Los agentes labraron un Acta de Allanamiento donde hicieron el recuento de los bienes del desquiciado poeta, al que &4oCT-según hicieron constar- &4oCc-no se le conocen parientes ni bienes de fortuna&4oCd-.
El Acta describe todo lo que en la habitación había:

Una cama de una plaza, con colchón, un ropero chico, una silla, una mesa de luz y dos repisas, que son propiedad de la encargada del edificio. Un par de zapatos colorados muy usados, un saco y un pantalón gris, un álbum con seis discos, un par de medias grises, dos carpetas rojas de cartulina con apuntes, una caja con varios trozos de lápices, un cepillo y un peine, dos cuadritos dibujados a lápiz, una valija marrón de 80 cm. por 60 cm., un atado de ropa muy sucia, una caja con cuerpos geométricos construidos en cartulina, una vitrola portátil a cuerda, un crucifijo de metal oscuro; una camisa blanca, dos pañuelos de bolsillo, 77 libros de distintos formatos en encuadernación rústica y 9 libros de encuadernación especial de distintos temas, y un llavero.

Siendo éstos todos los bienes de Fijman, quedaron en posesión de la encargada del edificio en carácter de depositaria, ya que no fue posible asegurar la habitación por carecer de cerradura.

Del lado opuesto a la fotografía de la fachada de El Rey del Raviol hay un montón caótico de semanas y de meses que ya han ausentado toda su significación.
Le devolví el almanaque al Valija que lo apoyó sobre la mesa, casi rozando con ternura el pequeño vaso con los restos de un oporto demasiado acaramelado.
Entonces las manos de Luciana, paloma alucinada.
Sus ojos entonces, y su palabra que repitió en voz alta la frase que algún poeta improvisado quiso involucrar entre el queso parmesano, la salsa portuguesa y los canelones de verdura.
Palabras que antes ni el Valija ni yo quisimos leer en el almanaque.
Por cobardía tal vez, o por escaparle a la ignominia.
-El amor también se amasa &4oCT-leyó Luciana.
Los cuatro bajamos suavemente las miradas y tan sólo por imprudencia, porque somos imprudentes, ocultamos nuestras lágrimas.




Portada | Categorías | Agrega tu blog | Contacta | Acerca de Granainfo | Site | crear fotolog
Todo el contenido del blog está bajo licencia Creative Commons. Granainfo 2006.