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imperfecciones (match point)

Regresar al Doke en esa hora de la madrugada cuando los pájaros comienzan a desperezarse, amagando retazos de una adormilada melodía. Caminar con la mirada en leve ausencia, buscando algún indeciso resplandor del alba, mientras se esquivan desgarradas bolsas de basura. Imaginar que toda la geografía del barrio y todo el despliegue de la Gran Ciudad se elevan sobre una profunda capa de excremento y huesos de antiguos muertos.
A esa hora es fácil pensar que el designio del hombre no es otro que trepar y descender por entre la imperturbable inmundicia. La de afuera, la de adentro, la propia, la ajena. Imágenes que se internan por las alcantarillas rebuscando quién sabe qué morosidades extraviadas entre los desperdicios, el barro y el agua podrida.
-Por favor que pare, que se detenga &4oCT-se escuchó decir al tenista de wimbledon, tras el cognac.

En el vacío que deja la noche al ir muriendo, en el hueco abatido de los pasajes y las callejuelas los alborotados perros del Dock hacen silencio, relajados o temerosos. Apenas si un gato gris, enorme y viejo, solterón de trasnoche, se relame una de las manos. Sin urgencias, como si fuera un peregrino que ya hubo recibido su porción fugitiva de milagro.
Recordar entonces que alguna vez, a ese mismo gato olvidado de gestos, le fue descerrajado un tiro con un rifle de aire comprimido.

¿Por qué no?
Evocar también aquella sensación circular que impone momentos en que el mundo se queda solo. Instantes en que las calles temblequean desiertas hasta lo casi definitivo, escabuyéndose bajo la confusión entre la luz y la sombra. Momentos en que cualquier entusiasmo se desvanece y por eso mismo las palabras se van disuadiendo de los significados.
Pensar sin gratitud en ingenieros y arquitectos. Más precisamente en abultadas estructuras de hierro, torres, puentes. Sitios desde donde es sencillo encaminarse hacia abajo, precipitadamente.
Lugares desde donde se puede decir adiós y alejarse.

El gato sobrevivió al disparo: la fuerza del tiro lo volteó y lo conmocionó por unos instantes pero el flácido balín no pudo o no quiso penetrar la piel. Casi de inmediato el gato se incorporó y salió corriendo; cuando se sintió un poco seguro se detuvo, sacudió su cabeza y trató de entender.
Entonces miró hacia atrás, hacia el rifle, hacia las manos.

Estuvo claro: no le era posible detenerse. No hasta
-llegar al duelo del instante en que se pueda dispersar en el fondo de algún abismo. Kafka, trastornado y transformado, estuvo dispuesto a sobrellevar la muerte de su propio cuerpo, haciendo así surgir una lejanía imposible de soñar. No podía detenerse hasta que lo detuvo, aniquilatoriamente, el blanco cirujano de la bandeja con el trapo rejilla entre los dedos.
-Ésa es la diferencia entre el amor y la lujuria &4oCT-sentenció el viejo Matías, pero en realidad Allen lo había dicho antes. Woody, no Ginsberg.

La basura y el entresijo entre la luz y las tinieblas son apenas una parte de la verdad.
Es posible, además, invocar jubilosamente fragmentos de realidades destinadas a irse desvaneciendo poco a poco, empequeñeciéndose hasta el abandono: una gata que encandila el obturador digital de una cámara y brinca desde los tibios brazos de una niña astróloga para perseguir a Julio Cortázar; dos pares felinos que caminan sobre los rostros de las damas en los lechos de Constitución y Liniers; la pequeña sensación erótica que se desprendió del ángel desbarrancado cuando vislumbró a Rodolfo Ranni cantar el numa numa; Kafka emergiendo detrás de una mata de cabellos oscuros, mejor: ojos grandes y oscuros; Kafka en metamorfosis y espanto, corriendo perplejamente sobre un castillo de madera, huyendo hacia una sonrisa melancólica, mejor: rostro pleno de calidez melancólica; Kafka frenándose, intentando un regreso que involuntariamente alborota la apatía trasnochada de las mujeres y le cuesta la vida; recordar también que se habla demasiado, pero sólo sobrevive el deseo de que alguien nos acaricie las manos.

-¿El amor es una excusa para la literatura? -me preguntó el Valija.

Las calles del Dock casi vacías bajo la oscuridad quemante confirman una especie de prado donde es imposible detenerse a descansar, a beber o a comer con un poco de gusto.
Dicen que los gatos tienen una profunda memoria, pero el gris parece haber olvidado el disparo, el golpe, hasta de la propia mirada de asombro ante el asombro parece haberse olvidado. Todo es cuestión de suerte, de qué lado de la red caiga la pelota. Pero también algo más: qué importaría regalar la vida toda, a condición de que alguien fuera capaz de entregarnos una palabra desnuda.
-Puedo afirmar cualquier cosa, lo que sea &4oCT-le respondí al gordo Valija-. Cualquier cosa. Lo único que me importa es que alguna realidad pueda sobrevivir dentro de mí.
Lo dije, mientras desenvolvía el último alfajor: nadie es perfecto.


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