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frases en la garúa

Lloviznaba cuando el gordo Valija partió desde su casa, mitad de ladrillo y mitad de zinc, parada en el más sanguíneo riñón del Doke.
Antes de salir tomó un maletín de cuero que se apoyaba en una silla de madera oscura y que ya estaba preparado con los imprescindibles complementos de compañía y logística que el gordo requería. Un difuso revoltijo de accesorios enmarañados, desde una agenda de teléfonos de carátula negra hasta un par de pases para viajar en el subterráneo, sin desmerecer varias abúlicas llaves de imprecisas y olvidadas puertas, un paquete abierto de carilina, un envase de Prime superlubricados, lápices y lapiceras a discreción, algunas tarjetas personales de presentación, innumerables monedas de diferentes valores y otro sinfín de pequeños utensilios tan indiscernibles como necesarios. Y lo más importante de todo: un libro de poemas de Maiakovski, otro de versos de Pavese. También una caja con varias tiras conteniendo pastillas azules y alargadas. El Valija saludó a su hermana con un gesto de mano como despedida.
¿Vas por muchos días?, preguntó ella. El gordo se removió graciosamente entre sus hombros y se abrochó el impermeable, siempre demasiado ajustado para el volumen algo incómodo de sus pliegues. Un par, nada más, contestó; no le des mucho al cotilleo.
Ella le sonrió de costado y le hizo un mohín.
Lloviznaba, y también hacía frío. El Valija cerró la puerta de calle y sopesó un poco el maletín de cuero marrón, sólo por costumbre. Entrecerró algo los párpados para protegerse de la humedad de la garúa.
En días así, opacos y húmedos, al Valija suelen ocurrírsele de improviso algunas frases memorables, ideas que sobrevienen para el marco y el lustre. Frases de aquellas que vale la pena apuntar mentalmente porque después sirven de plataforma de despegue o de filigrana exquisita para alguna conversación ocasional con el viejo Matías, con el Trosco Melancólico o con algún otro desmadejador de los entresijos del Dock. Si hay viento favorable &4oCT-nunca del sudeste, por supuesto-, es posible que hasta el desaprensivo Bardamu se prenda en esos crochets de palabrería compartida. En este caso, más que diálogo de nubarrones la charla suele derivar hacia pasajeras tormentas de estación. Como sea, éstas conversaciones irremplazables matizan desde siempre los tempraneros atardeceres del invierno en algún boliche de la Peatonal del Dock o -dependiendo de ciertas casualidades inimaginables para los forasteros del barrio y también del estado biológico de la fugazzeta-, en la destartalada pizzería del Chueco Eduardo, inclinada con más descaro hacia el centro de Avellaneda.
Salió el Valija desde su casa, construida a partes iguales entre ladrillos y chapas de zinc. Esta variante acanalada es una difundida herencia arquitectónica de los antiguos inmigrantes del barrio, que el tiempo no ha podido derrotar. El gordo enfrentó la fría llovizna con el maletín de cuero marrón y los párpados bajos y fue entonces cuando destelló la primera frase, de contorno inquisitivo: ¿Será verdad que los suicidas son homicidas tímidos? El gordo se sintió cómodo en la pregunta, más que apropiada para deambular en esa garúa de agosto que horadaba el caliginoso paisaje del Doke.
Muchas personas se han hecho preguntas similares a la del Valija en otros atardeceres de otros días de agosto, incluso en temporada de verano. Algunos de ellos han salido también de una casa despidiéndose de una mujer, con la mano aferrando un maletín, en el cual se escondían tímidamente papeles, lápices, llaves y algún que otro libro involuntario.
Cesare Pavese, por ejemplo, se formuló una pregunta muy parecida a aquella un día, y su respuesta fue de granítica pavura: Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más. Non fate troppi pettegolezzi.
Pero el Valija no se preocupó por respuestas ni por comadreos. Subió a un colectivo, después a un subte, y finalmente a un tren. De haber viajado en ese tren al cabo de unas pocas horas hubiera llegado al Tigre. De una curva en la orilla del río a otra curva en la orilla del mismo río, pensó. Tal vez la frase pudiera sumarse al ramillete de iluminaciones, pero esta vez el gordo dudó. No daba la impresión de una frase muy maleable a los juegos dialogales.
No llegó al Tigre. Al Valija le agobiaron los gritos de los vendedores en los vagones detenidos, la superposición infinita de las voces y los sudores de los pasajeros le quitaron todo estímulo de viaje. Se bajó del tren antes de la primera acometida del movimiento y un poco por impulso y otro poco por el fastidio de la llovizna, entró rápidamente en un hotel de Retiro. Un lujo, que en el Doke no era posible alardear.
Una vez en el cuarto del segundo piso, a cubierto de la lluvia y aliviado de la presión del impermeable, el Valija abrió el maletín cuero. Sentado sobre el grueso acolchado de la cama, se encontró con los últimos versos de Maiakovski: Perdono a todos y a todos pido perdón. Ésta era las buenas, pensó entonces el gordo. La despedida del poeta ruso, antes de suicidarse. Por lo menos alargaría un par de horas de despliegue verbal si cayera entre los dientes del viejo Matías, entre porciones con anchoas y vasitos de oporto.
También Pavese se bajó de un tren, un día de agosto. Caminó algo perdido entre las personas que colmaban la estación y consideró seriamente volver a la casa de su hermana. Un par de días, pensó al ver el cartel con el nombre del hotel, Roma. Pidió una habitación con teléfono, lo que era un verdadero lujo en aquel despojado Turín de 1950. Algunas horas después Pavese retiró de su maletín uno de sus propios libros, Diálogos con Leuco, y pensó, como el Valija lo hizo muchos años después, en Maiakovski. Antes de esto, Pavese había hecho algunas llamadas telefónicas.
El gordo miró la agenda, encuadernada en negro, dentro del maletín, casi abrazada al otro libro, y pensó si tenía algún sentido llamar a alguien. Recordó entonces que Pavese, antes de tomarse los tres o cuatro frascos de barbitúricos que lo matarían, había llamado, según se dice, a unas cuantas mujeres, buscando casi desesperadamente alguna que lo acompañara tan sólo a cenar. En vano. Perdono a tutti e a tutti chiedo perdono, escribió Pavese en las páginas de su propio libro, tal vez inspirándose en el poeta ruso para su propio suicidio. Se sabe que en la noche de su muerte, Maiakovski invitó a su habitación a la actriz Verónika Polonskaia, de quien estaba enamorado. También en vano.
El Valija despreció la agenda por inútil, allí no había nadie a quien valiera la pena llamar. Miró los blisters con las delgadas pastillas azules. No se culpe a nadie, había escrito también Maiakovski. Ésta podría ser una frase conflictiva, sobre todo si cayera en las redes dialécticas del Trosco Melancólico.
No necesitaba la agenda: el gordo conocía de memoria el único número de teléfono al que le interesaba llamar.
Hola, dijo la voz de ella, en la distancia. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, dijo el gordo Valija, casi en un susurro. Del otro lado, ella sonrió: si tiene mis ojos no es la muerte, sino la resurrección, dijo. Te invito a cenar esta noche, propuso el Valija, cerrando el maletín.
¿O fue Maiakovski quien lo dijo? ¿O fue Pavese?
Y por favor, nada de chismes.




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