ficciones
Lo que yo digo: que me cuenten historias, y que las historias me lleguen. Y me llenen. Que me emocionen.
Lo que dice el amigo Chesterton en la cabecera, aquí arriba...
Últimamente, lo he dicho ya alguna vez, todo el talento fabulador, toda la fuerza narrativa, la encuentro en las teleseries americanas. (Hay excepciones, muy de cuando en cuando, de otros países...) Todo el riesgo, todo el rompimiento que en tiempos podía uno encontrar en el cine (hasta en los tebeos, qué demonio) parece ahora haber encontrado refugio en la televisión.
Mirando estos días las direntes series que voy grabando a lo largo de la semana, las que veo en DVD, las que tengo pendientes de ver en uno u otro formato, me he dado cuenta de que, más allá de argumentos o sorpresas, más allá de estructuras, más allá de buenos guiones o actuaciones sólidas, lo que me engancha es el tratamiento de los personajes, su capacidad para provocar mi empatía.
Así, veo religiosamente cada semana
Queer as folk porque sus protagonistas resultan entrañables (casi todos, claro), porque es una serie que trata de relaciones humanas y procura hacerlo siempre con una delicadeza y una cercanía sorprendentes. Porque está escrita con inteligencia y porque trata con naturalidad un ambiente que muchos no acaban aún de asimilar como... tratable. Me sorprende enterarme de que empezó a emitirse en el año 2000, y sabía ya, antes de cu
riosear en la red, que es relectura norteamericana de otra serie, británica y, hasta donde sé, de maneras más bruscas. Me hace mucha gracia que el personaje conductor, Michael, sea lector de tebeos de superhéroes, que su madre sea como es, que todos sus amigos sean perfectamente humanos excepto Brian, que casi casi vendría a ser su archienemigo de no ser porque es, también, su mejor amigo... si a eso se puede llamar amistad.
Y veo, también religiosamente (o casi),
Anatomía de Grey, porque las series de médicos, después de
Urgencias, me merecen un respeto. Y porque, a pesar de un arranque descorazonador, han sabido trenzar un excelente tapiz melodramático con abundante humor y descreimiento. Y porque sus personajes, otra vez sus personajes, saben conectar con el espectador. (Al menos, con el espectador que firma estas líneas...)
Y estoy recuperando, como dije un par de entradas más abajo,
Las chicas Gilmore, que me sigue pareciendo un ejercicio fascinante de escritura que no deja de sorprenderme en cada ocasión, por su frescura, por su inteligencia, por lo emotivo de sus argumentos y de sus personajes.
Y disfruto de cada momento, ¿saben?
Hay más títulos, por supuesto. Eso, sin hablar de lo que uno va comprando de épocas anteriores: M*A*S*H, Luz de luna, Policías de NY. O de lo que uno confía en que, antes o después, podrá comprar y paladear: Hill Street Blues, Los Vengadores, Un hombre en casa, Twin Peaks.
En la espera, y entre episodio y episodio... tampoco está de más recordar que, por ejemplo, hoy empieza en A3 nueva temporada de 24, esa serie facha y delirante de la que procuraré no perderme ni una entrega esta vez, que la anterior se me escapó.