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A veces no puedo arreglármelas sin tu aliento y es momento de aceptar que las fiestas han terminado para ambos y que no hay frío ni imaginación ni jardines secretos capaces de darnos un último empujón hacia esas habitaciones de recién llegados.
La cosa aquí es el miedo. Atención.
Si me atrevo a ir a buscarte, quiero seducirte, quiero encontrar la estrella que me guíe semejante a la luz y quedarme suspendido en el gesto de la vida. Que no me confundas con pequeños heraldos de piel o con copos suspendidos en los cuencos, que el olor que desprenda no sea el de cada mañana y cada sonrisa que engendres no se disuelva ni se fracture, y por un momento, por un solo momento pensar en como es que olvidamos la cuenta regresiva de la que el resto del mundo estaba atento.
Me retuviste y ahora un amplio horizonte de bosques y mares cubre la salida. Oscurece, pero el cielo se apaga indefinidamente y el brillo es tan obsceno que ambos cerramos los ojos. Y cuando después de algún tiempo alguien enciende esas luces imaginadas yo digo: estábamos mucho mejor a oscuras.