Me demostraba algunas atenciones, pequeños cuidados y cierta delicadeza junto con una brusca ternura que no me desagradaban en absoluto. A veces, en momentos de euforia, la besaba por sorpresa en busca del fuerte bofetón que me propinaba. Cuando conseguía besarla en la cara, su mano me pasaba por encima de la cabeza con la rapidez de una bala y yo me reía como un loco, mientras huía al tiempo que ella gritaba: '¡Ah, sin verg&w7w-enza! ¡Ya te devolveré eso!' Nos habíamos convertido en buenos amigos.
Un día, Georgen conoce a Emma, una chica empleada en unos almacenes. Como era hija de familia y se negaba a tener relaciones sexuales en un lugar no conveniente para ello, Georgen decide llevarla a la casa adonde vive, "con el pretexto de una taza de té". La patrona se acostaba siempre a las diez de la noche, así que llega con la chica, que se hace del rogar un poco, cerca de las once.El té, preparado sobre una lámpara de alcohol, lo bebimos en un ángulo de la cómoda. Luego, comencé a presionar cada vez con más insistencia y, poco a poco, como un juego, le fui quitando a mi amiga, una a una, todas sus ropas; ella cedía sin dejar de resistirse, ruborizada, retrasando siempre el instante fatal y encantador.
Pero cual no sería su sorpresa: de pronto se abre la puerta y aparece Madame Kergaran, "con una vela en la mano y el mismo atuendo que Emma":En mi casa no quiero golfas, monsieur Kervelen. Yo balbucí: -Pero madame Kergaran, la señorita es amiga mía. Ha venido a tomarse una taza de té. La otra replicó: -Para tomar una taza de té nadie se quita la camisa. Ayude usted a la señorita a vestirse y sáquela de aquí inmediatamente.
Como no le quedaba otra más que obedecer, Georgen Kervelen ayuda a vestir a Emma mientras la joven lloraba queriendo darse prisa y terminar de una vez por todas con esa escena tan penosa, quería salir corriendo. Y así lo hizo, casi a medio vestir sale de la casa, Georgen va tras ella pero es inútil, la joven le pide que la deje en paz y no la toque. El chico regresa a su habitación pero madame Kergaran lo estaba esperando en el primer piso, adonde se encontraba su dormitorio. Lo hace pasar y le prodiga todo un discuso sobre la moral y las buenas costumbres. Mientras ello acontecía, el joven miraba que la señora y pensaba: "tiene unos senos soberbios, gallardos, firmes, blancos y grandes, quizá un poco en exceso, pero lo bastante tentadores para darme escalofríos en la espalda. Jamás había imaginado, la verdad, que hubiera unas cosas así bajo la ropa de lana de la patrona".