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Armamos el picado: los mellizos por un lado, yo por el otro. El Fox también se vino, pero se distrajo persiguiendo los olores de alguna perra en celo.
De entrada los madrugué. Me mandé un pique, dejé pagando con una media vuelta al Mocoso Saviola y encaré al otro con la intención de un amago. La pelota rebotó en algún pasto desnivelado y se elevó, rozándome la mano izquierda.
-¡Mano! -gritó el atento Mocoso Messi.
-¡No! ¿Qué mano? -le contesté. Imaginé la figura de Lamolina diciéndome: siga, siga&4oCm-
-¡Mano, tío! -insistió el gurrumín.
Para entonces ya me salía el arquero marfileño. Le amagué como para tocársela a un costado. El tipo se venía con todo y me intimidó un poco. Para taparme hizo la de Cristo: abrió las manos y se fue arrodillando para cubrirme el ángulo. Era lo que yo andaba imaginando. Se la mandé suave, entre las piernas. Golazo.
-Fue mano, tío, ¡no vale!
-¡Calláte mocoso! ¿Acaso no sabés que Maradona hizo el más hermoso gol de la historia de los mundiales cabeceando con los dedos contra un arquero inglés que era medio metro mas alto que él?
Uno a cero.
No duró mucho la alegría.
Los Mocosos toqueteaban como demonios y me perforaban la línea media. Cambiasso no paraba a nadie y Mascherano, en vocación masturbatoria, debía andar pensando en aquel jugador iraní que llegó a Alemania acompañado por sus dos esposas. Intenté empujar a lo Heinze, pero el Mocoso Messi, liviano y grácil, se me espiantó en un descuido. Abondanzieri titubeó al salir, como de costumbre. Dio un rebote, quedó pagando y el Mocoso Saviola que entraba de frente convirtió con el arco descubierto.
Procuré reacomodar mi defensa, jugar en línea, acortar la cancha.
Los mellizos marfileños tenían aire de sobra y a mí, de repente, todo lo que fumé, todo lo que tomé y todo lo que comí durante los cuatro largos años de vigila premundial se me vino encima.
Por sobre todo, necesité protegerme de los embates entumecedores del ácido láctico.
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El antes y el después de este texto puede leerse en Crónicas germanas.