desde arriba
Desde ahí arriba, donde cuelgan cabeza abajo dos astronautas que trastean con destornilladores y cables y velcro, se ve el cielo al revés. Se ve, a veces, la humareda de los incendios. Se ven las grandes ciudades parpadeando en la noche con su millón de luciérnagas de neón. Se ve el brillo metálico del mar, el ocre sucio de la tierra, brochazos de verde aquí o allá.
Desde ahí arriba, casi se diría que es todo tan pequeño que no merece la pena regresar. Pequeño y muy hermoso, envuelto en silencio. Y apetece, de repente, volver la vista al otro lado, a la negrura que acecha, ese horizonte que no se acaba nunca. Mirar, dejarse llevar, abandonar la seguridad de la Estación y sumergirse en las corrientes de viento solar, caer hacia arriba, o hacia atrás, o hacia dentro, quién sabe... Hacia las estrellas.
Y ya vendrá alguien al rescate...