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&Cgk-Era una fría mañana de invierno cuando entré en el gran edificio.
Caminaba con paso lento, pero a la vez, sentía un fuerte y rápido latido dentro de mi pecho.
Manos temblorosas, ojos cerrados, una sensación de inquietud que me recorría todo el cuerpo como si de una descarga eléctrica se tratara.
El ascensor era oscuro, lento y con un vacío inmenso.
Abrí la puerta de la triste sala; una gran ventana presidía mi vista, la luz dibujaba su silueta.
Caras familiares, pero rostros desconocidos palidecidos por el dolor de una pérdida.
Ya era demasiado tarde, ya cerró los ojos, no pudo confesarme cuanto me quería.
Las lágrimas me cubrían las mejillas, aquél no era mi sitio, pero tampoco el de ella.
Me acerqué para poder observar por última vez su rostro angelical.
La cama, donde tantas veces había visto el sol esconderse, la atrapaba y se convertía en su último nicho.
Ella no quería éste final, adoraba ser libre, deseaba morir igual que nació.
Delante de su presencia me maldecía y arrepentía de todo aquello que podría haberle dado y en cambio no le di.
Permití que viviera sin mi compañía, supuse que la vida era para siempre&-#8230;
Le cogí la mano, ya no percibía su alma, ya no la sentía dentro de mi corazón, notaba como se iba sin que yo pudiera hacer nada.
No supe quererla, no supe demostrarle mis sentimientos y ahora ya no lo podía hacer.
Ella guardó silencio, solamente me quedaba el recuerdo, pero lo que más me inquietaba no era la añoranza, sino el olvido.
&Cgk-Ahora todavía la recuerdo, sigo llorando, continuo imaginando cómo habría sido su vida si yo la hubiese valorado.
Pienso en todo el amor que me podría haber regalado y que yo no le dejé.
Siento la añoranza por un tiempo que ni tan solo he vivido, u tiempo a su lado, un tiempo que ya nunca más podré vivir, y en cambio, es ahora cuando ya no quiero creer nada de lo vivido y todavía me gustaría poder decir que una vez conocí a una persona y que esa persona era ella.