antes que anochezca
-¿Qué dices Fidel? ¿Deniegas?
-No, jamás delego.
-¿Qué dices? ¿Reniegas?
-¡Delego!
-¿Cuántas veces delegas, comandante?
En los cayos, celebración: Chucho y Arturo abrasan
Un réquiem oportunista para trompeta y piano
Presintiendo la infinita ausencia con olor a rayo: el diamante,
Delfi.
-¿Qué dices, comandante?
-No voy a decir que quisiera morirme.
-¿Qué dices ahora que siempre has dicho?
-Sin otra opción que el sufrimiento y el dolor sin esperanzas, la muerte mil veces mejor.
El águila premoniciona su acto de servicio, retiro efectivo.
-¿Cuántos atentados en tu longitud aérea, Fidel?
Perdidos en tu anatomía de pájaro; perezosos de mirada lupina.
Austeros de cerámica paciencia.
-Entonces, Fidel ¿qué dices cuando la única salvación posible es a través de la palabra?
-Mil veces mejor la muerte.
-Todo demora, comandante, aún la parca aburre en liberarse.
-Mil abulias colgadas entre sí no se comparan a una única voluntad ferrada.
-Castrar un toro, comandante, ¿recuerdas?
-Las ovejas se colgaban vivas por las patas y se degollaban; medio vivas todavía, se descuartizaban.
-Los cerdos ¿recuerdas? Apuñalados con un cuchillo largo que les atravesaba el corazón.
-Antes de que expiraran se les echaba alcohol y se les prendía fuego, asados.
-Los moscas ¡recuerdas!
-Participaban del festín; el amor es una cosa, el sexo otra.
-Lo negativo y lo traicionero de toda bella apariencia y toda dicha, ¿recuerdas?
-Ramón Mercader, recuerdo.
-¿Qué dices, delegas?
-En la vara de Guillén, me represento.
-¿Acaso en medir la extensión del glande?
-El mimbre de Nicolás alambicando poetas desmedidos.
(Putos. Todos.
Reinaldo, Virgilio, Lezama.
País de escribas invertidos)-Que mutaste machos, Fidel, por sentencia decusada.
Adicción revolucionaria de la poesía; calibán, calibán.
-¿Qué dices, Fidel? ¿La historia te absolverá por fin?
-Pero el cuerpo no.
-¡Qué importa el cuerpo, comandante! El cuerpo es como la poesia: no otra cosa que un jubileo de la crueldad humana.
-Verdaderamente. Importan cifras, índices, porcentajes. La decreciente mortalidad infantil, el alfabetismo pleno, el hambre en retirada. Los planes quinquenales, las bicicletas. El corazón del azúcar, importa.
-Los turistas europeos, las jineteras.
-¿Seguirán los jóvenes del Partido viniendo a cosechar café de temporada?
¿Qué dices, comandante: escritor, homosexual o disidente?
-Le dimos medalla por los servicios, héroe de las estepas (aunque era español).
-
Never more, cuervos con Sida.
-Marielitos galantes que halagan sin desmentir.
-¿Menard, Mornard?
-Cuando nos compadecemos de un enemigo, ¿estamos seguros de nuestra sinceridad?
-Mi corazón pertenece a los muertos.
-La cortesía del morir comprende, Fidel.
-La vida, una enfermedad del espíritu.
-Románticos. Incurables.
-Sólo tu excesiva vanidad vuelve invisible la tontería de muchos tontos.
-Yo tacho la vida, comandante.
-No, yo.
-Si, tú. Que sobre la nada sabes más que los muertos.
-¡Mallarmé!
En alguna escrita reunión Fidel, Luis te nominaron,
En París, no La Habana ni Buenos Aires,
entre vómitos agrios, ataques de asma y desembarcos improvisados.
No fue tuyo el austero catarro en La Higuera,
Tampoco la altivez de remera estampada, de afiche adolescente.
Aquel con los espejuelos anchos que evocaba viejos relatos de Jack London.
-Honores, con perímetro de pica, en Coyoacán.
Comprenderán de pronto los versos que fueron servidores del orden.
-¿Y qué de las turbias, insepultas arenas, Fidel?
-¡Oh, Luna! Siempre estuviste a mi lado, alumbrándome en los momentos más terribles; desde mi infancia fuiste el misterio que velaste por mi terror, fuiste el consuelo en las noches más desesperadas; en medio del bosque, en los lugares más tenebrosos, en el mar; allí estabas tú acompañándome; eras mi consuelo; siempre fuiste la que me orientaste en los momentos más difíciles.
-Tu gran diosa.
-Mi verdadera diosa, que me has protegido de tantas calamidades; hacia ti entre las rocas de mi isla desolada, elevaba la mirada y te miraba; siempre la misma; en tu rostro veía una expresión de dolor, de amargura, de compasión hacia mí; tu hijo.
-Y ahora, súbitamente, la Luna estalla en pedazos delante de tu cama.
-Ya estoy solo.
-Es de noche, comandante.
-El mundo será libre un día. Yo ya lo soy.
-
Ego, te absolvo: si el enemigo triunfa, ni siquiera los muertos estarán seguros.