Todos los días
Esta vida de todos los días se refugia en los cerros y caminan los pasos llenando basílicas con los cinturones casi atados, con los báculos, con las ganas dentro y te apoyas en la puerta a soñar con un violín mojado entre tus brazos.
Esta vida de todos los días nos habita como paraguas a medio abrir y persiste ese deseo de destruir a las personas por su hablar, por su vestir, por su meditar, por su ceguera política y te alejas en los taxis, en las palomas que se extinguen en las polvaredas de los escolares.
El habla en las murallas se vuelve registros de vida vivida. Los parapléjicos, los golpeados, los ensimismados comen papas fritas en los desvanes llenos de rostros de yeso, de dibujos deslucidos, de transfusiones de sangre.
Se desvisten tus pechos luchando por ser morada, postigo, buhardilla en las ruinas de los profetas haciendo sus camas. En esa tu vida de todos los días sin que podamos con-vencernos de la verdad de los justos, sin que podamos convivir con una ilusión religiosa, con una pequeña verdad, con un cariño de abuelo y su historia contada en el acto de morir.
Te levantas con tu nariz y haces la contabilidad de la ideología sirviendo de conciencia a la cultura, mientras te nidificas con ternura, con esa eterna e inmensa ternura de tu vida de todos los días.
Te vuelves saga tratando de acopiar encantos y maleficios, un sinfín de rastros épicos con el estúpido candor de tus ojos y al instante me amenazas con una patria y los gatos me recuerdan las tardes.
En la plenitud de tus hábitos, de tus tiempos aspiro el aroma a rama recién quebrada de tu cuerpo e insisto los gatos me recuerdan las tardes.