Recién llegados
Un recien llegado aprieta sus endebles falanges, la voz efímera, ensaya sonrisas y gestos sin mensajes. Chupetea lo que recibe, los cordeles, los senos cargados, las brisas que vienen de atrás de los árboles, las nubes que amenazan lluvia.
Aprende a usar el esternón, el hueso sacro pero no sabe el valor de bajar los párpados, el brillo de los labios después de salivar, la última respiración despúes de la risa. Oblícuo e impar parpadea con sus alas de piel recien nacida y, con el llanto, se suelda al grosor de las cosas ramificadas.
Sostenido por sus liminares lípidos, balbucea con la fobia de estar en un regazo, en una sombra inclinada, afín al agua, a la materia que se desliza como vida.