Mirándonos muy adentro
Si no encuentras, no busques. Llegan solos los filamentos, las cribas, los promontorios de escarabajos que solían comer los abuelos. Si no encuentras, los axiomas te musitarán correntadas de agua tibia, de azúcar quemada rodeando tu bajo vientre.
Torciendo las preguntas y los naufragios del saber, la sagacidad de imaginar el espíritu, las cosas del alma cual paisajes, torrentes de montaña nos exaspera y nos calma. Lejana, la sensación de un logaritmo nos anula en ese estar dentro, anidados, buscando.
Con prisa, piensas que el mundo se puede acabar y salimos a medir la temperatura de los besos, la redondez de las retinas, la capa de tiempo que cubren las habitaciones de los orígenes cuando la envidia era tan solo una serpiente, la pasión una víscera y tu andar un mar de tierra fresca.
Si no buscas, no encuentres. Muchas cosas nos llegan solas con esa natural gracia de la circunstancia. Sin embargo, la curvatura del universo nos llena de llagas, de cuerdas cuando tratamos de mirarnos muy adentro.