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Mirando con prismáticos al vecino de enfrente

Vivimos en una época de desorientación. La gente se comporta de manera errática al haberse desprendido de referentes por los que luchar. Siempre se ha batallado por alguna idea o algún valor, luchas que en la actualidad han quedado relegadas al espacio más íntimo de las personas o en el peor de los casos han desaparecido, desplazadas por el consumismo y el materialismo. Conceptos éstos que provocan momentos de placer, sin duda, pero que no traen una felicidad plena y real al hombre.



Antiguamente se luchaba por Dios -idea, la de Dios, que nada tiene que ver con la derecha política, que simplemente se adueñó de este concepto de manera infame-. La defensa de un ser superior mediante el uso de la fuerza hoy en día carece de sentido. Aunque como la mayoría de cosas que carecen de sentido, se sigue practicando. Y no sólo por parte del integrismo musulmán, también por parte de otros, que no han caído en la cuenta de que Dios no desea que en su nombre un hijo suyo mate a otro.

La lucha por la patria es algo más extendido y afecta a prácticamente toda la humanidad. El hombre todavía no ha pasado a esa etapa en la que velar por el bien común de todos los humanos, sino que se limita a defender a sus vecinos más próximos. Los que habitan más acá de unas fronteras arbitrarias que en algún momento se crearon, pero que siguiendo la misma lógica en algún momento cambiarán.

Podemos hacer el ejercicio de imaginar que el mundo es cualquier ciudad en la que habitamos, donde cada uno de los edificios representa a los distintos países. Lo más lógico es pensar que le debo el mismo respeto a mi vecino del sexto que al vecino que ocupa un piso de otro edificio y al que puedo ver con los prismáticos. Y se lo debo independientemente de la lengua que hable, de las normas de organización de su finca o de las opciones de conciencia que haya tomado. Pero no. Al del edificio de enfrente se le considera un peligroso extraño, ya que no pisa el mismo suelo y vive en un quinto sin ascensor. Este hecho se sustenta en una extrema intolerancia que tiene bases neurológicas, pero que fundamentalmente es inducida socialmente, desde que nacemos. Un miedo que se traduce en rechazo hacia el que es diferente, y, en casos extremos, en odio.



El ser humano tiene, por tanto, una asignatura pendiente, que es la aceptación de la diversidad humana, de la libertad de elección en todos los niveles, desde los más simples, como son la forma de vestir o la música que se escucha, hasta las creencias ideológicas y cosmológicas, si es que las tiene. Y respeto a la diversidad significa no-coacción, no-represión, no-violencia. Para conseguir este objetivo es necesario transformar las viejas estructuras psico-sociales que absorben cualquier resquicio de sentido común y lo manipulan en su favor, actuando a través de familia, escuela y entorno desde que el niño es pequeño e induciendo una hostilidad hacia el resto de humanos.

Quizás sea necesario que, en vez de cercenar la libre proyección de los niños desde que nacen, se les inculque todo el amor y el respeto hacia la vida humana, animal y vegetal, es decir, hacia la vida en todas sus manifestaciones.

*Viñetas de Nano y Forges


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