Jack Kerouac era un escritor que no podía dejar de serlo, su centro vital era escribir, vivía para escribir. Más que fabricarlos, Kerouac segregaba sus textos, los expulsaba de su interior como efectuando una función orgánica. Su escritura le salía a chorros, torrencialmente. Kerouac sabía que fue enviado a este mundo para asir la pluma. Asumir su vocación literaria era su mayor certeza. En todo lo demás, relaciones personales, vicios, creencias y escapatorias trastabillaba. Sólo escribiendo se explayaba y danzaba a sus anchas. La escritura era su verdadera patria, la única tierra donde pisaba
con seguridad.
Kerouac aceptaba el riesgo de bogar y sumergirse en los océanos sin fondo de la literatura, pero de una interesada en la exploración y expresión de su espiritualidad. Jamás buscó la perfección formal per se. Con todo, el estilo kerouaquiano es íntegro y revela una unidad donde no es posible separar la estructura formal de lo que el autor nos quiere decir. En Kerouac la forma es contenido y el contenido forma. Su apuesta literaria es exactamente la misma que su apuesta vital, aunque, evidentemente, se manejaba mejor frente a la máquina de escribir que frente a la vida. Y es que Kerouac era del tipo de escritores extraviados que nacieron en el planeta equivocado, que viven dominados por el estigma de la inestabilidad emocional y la tragedia personal, desdoblados entre lo que dicen y hacen, piensan y sienten, y entre cuyos asideros las más de las veces precario está la escritura, que los salva tanto como los condena.
&Cgk-Un Dostoievsky con jeans
&Cgk-Pero además de ser escritor, Kerouac fue, quizá a pesar suyo, un profeta. De hecho, su leyenda se debe en gran parte al aura profética que irradian su vida y obra, que pretendían girar en torno de la conquista de una iniciación mística de nuevo cuño, con raíces católicas y budistas, pero hecha a la medida de su personalidad, es decir, aceptando las limitaciones de su condición humana. Kerouac salmodiaba sutras budistas, bebía whiskey, escribía y se acostaba con una chica&4oCm- todo el mismo día. Su devoción religiosa no era excluyente, pretendía conciliar sagradamente los distintos niveles del ser humano en una suerte de galaxia plural donde los opuestos no se excluyeran.
&Cgk-Esta actitud mística sui generis es la base de su vocación profética beat. A partir de ella tejió otra profecía (y una estética que gulaba su quehacer literario): la del culto al movimiento, al jazz de la vida, al devenir que fluye inciertamente y al que hay que abandonarse para estar en contacto con lo sagrado. Kerouac es un Dostoievsky con jeans. Estas profecías están presentes de una u otra forma en todos sus libros y representan una auténtica y original codificación de una forma de ser alternativa al sentido común y a las convenciones modernas.
&Cgk-La paradoja de Jack Kerouac consiste en que entendía las pulsaciones de la vida espiritual profunda, las sentía y vibraba, pero era incapaz de armonizarse con ellas. Como escritor las recreaba, como persona no las vivía y se alejaba de ellas dejándose subyugar, con ayuda del alcohol, por energías centrípetas que lo arrojaron a un precipicio autodestructivo y tanático. Más aún, al ver que sus profecías comenzaban a ejercer una influencia insospechada, y al sentirse apabullado y ultrajado por el trato infame que los medios de comunicación le dieron, se asustó, arrinconó, e hipotecó definitivamente su alma a las tres adicciones que rigieron su vida: el alcohol, la escritura y su madre, sin que ello significara que al hacerlo la calidad de sus escritos mejoraran. Durante los últimos años de su vida Kerouac renunció a seguir en el camino y se soterró en un espacio donde lo único que quedaba por hacer era esperar la caída definitiva. Como un personaje de Dostoievsky, Jack nunca pudo vivir en puntos medios, su alma sólo entendía de actitudes extremas: todo o nada era su lema.
&Cgk-A diferencia de Artaud, D.H. Lawrence, Lowry y Burroughs, la relación Kerouac-México no estuvo signada por una ecuación dual de amor- odio. Como consta en sus obras y correspondencia, Kerouac no ignoraba la parte tórrida del México de los años cincuenta, incluso la buscaba y se tomaba el riesgo de ser devorado por ella. No obstante, el autor de Mexico City Blues nunca despotricó con agresividad contra el salvaje incivilizado que todos los mexicanos llevamos dentro, ni expresó resentimiento o animadversión contra el país de la serpiente emplumada. Después de ocho estancias, Kerouac se quedó con una imagen compasiva y hasta liberadora de la cultura y la sociedad mexicanas.
&Cgk-México, una estación
&Cgk-México con todo y su híbrida composición donde convivían en mal maridaje lo ancestral y lo moderno representaba para Kerouac una suerte de otredad. El México que Kerouac ponderaba, el que le atraía, el que siempre respetó aun cuando padeciera su sordidez, fue ese México híbrido que no era ni moderno ni indio puro: ese mestizaje que podría manifestarse tan inocente, amable y cálido, como agresivo, informal y peligroso.
&Cgk-A Kerouac le gustaba esta mixtura del comportamiento de los mexicanos que él llamó fellaheen, sirviéndose de un término usado por Spengler que no era ni una cultura antigua ni una civilización moderna, sino un injerto histórico propio de los países que llegaron tarde a la modernidad, y que le procuraba puntos de referencia y símbolos llenos de empatía que se oponían a las condiciones de vida de su país natal, lo que afirmaba sus tendencias outsiders. Kerouac le otorgó un lugar a México al interior de la constelación de su leyenda. Aquí escribió algunos de sus mejores libros, vivió aventuras riesgosas con gente aviesa, conoció la solidaridad de otras personas, le robaron un cuaderno con sus poemas que nunca conoceremos, se enamoró de una drogadicta, sintió el temblor de 1957, tuvo éxtasis religiosos al interior de iglesias, probó sustancias psicoactivas, se
emborrachó, se peleó con W.S. Burroughs, fortaleció amistades beats, compuso varios blues&4oCm- México fue una estación en el camino de su leyenda. Quetzalcóatl nunca lo olvidará.
Al otro lado del espejo
&Cgk-Sin embargo, ha llegado la hora de descabalgar al mito. Por fin puede decirse abiertamente que Jack Kerouac fue bisexual pese a sus tres matrimonios, que su rígida moral no lo acabó de aceptar y por eso decidió castigarse el hígado, que también rondó por su cabeza el incesto con su despótica madre, que le sirvió la muerte en bandeja de plata a su propia hija, que acabó sus días hinchado de odio hacia los judíos, los negros y los comunistas.
&Cgk-Así fue el rey de la generación Beat, según las dos últimas biografías que acaban de ver la luz en los Estados Unidos.
&Cgk-La primera, centrada sobre todo en sus devaneos homosexuales, se titula Kerouac Subterráneo y la firma su último editor, Ellis Amburn, que presume de haber escuchado en boca del autor confidencias jamás sabidas (como sus escarceos sexuales con Salvador Dalí en los urinarios del Russian Tea Room de Nueva York).
&Cgk-El libro más reciente (Jack Kerouac, rey de los beats) es obra de Barry Miles, un británico que ya despachó a Williams Burroughs y Allen Ginsberg y que ahora cierra su trilogía arremetiendo contra la bajeza moral de quien no fue, a su entender, ni siquiera un novelista, &wqs-en todo caso un narrador&wrs-.
&Cgk-Pero las dos biografías prefieren dejar en la cuneta al artista y desnudar más bien el lado humano, o inhumano, del autor de En el camino, que murió a los 47 años de una cirrosis y dejó tras de sí una estela de misterio y autodestrucción.
&Cgk-&wqs-El Kerouac que casi nadie vio se podría muy bien comparar con el Elvis de sus últimos días&wrs-, escribe Miles. &wqs-Era un tipo obeso y decadente, que sólo se dejaba acompañar por unos cuantos borrachos en los bares de la periferia. Aun así, la imagen que ha prevalecido hasta nuestros días es la del joven rebelde de En el camino, en una pose que recuerda mucho a la del joven Marlon Brando o James Dean&wrs-.
&Cgk-La orientación sexual del rey de los Beats no pasa de ser una nota a pie de página en la biografía de Miles (que cuenta, sin embargo, cómo Kerouac se dejó pervertir por Allen Ginsberg allá donde acaba Christopher Street, en lo que hoy es el bastión gay de Nueva York).
&Cgk-En el otro libro, el de Ellis Amburn, la cuestión pasa a un primerísimo plano desde el prefacio. Según Amburn, Kerouac arrastró durante toda su vida una homosexualidad larvada de la que intentó escapar &wqs-con una heterosexualidad compulsiva&wrs-. Ese conflicto interior, apenas perceptible en su literatura, le arrastró de cabeza al alcoholismo terminal (siempre según la teoría, discutidísima, del último editor de Kerouac).
&Cgk-Amburn mantuvo una intensa correspondencia privada con el escritor y le ayudó también a bucear en su material autobiográfico&4oCm- &wqs-Siempre tuvo miedo a que se publicaran sus cartas con Neal Cassady y a que se utilizaran algún día como prueba de su homosexualidad&wrs-, escribe Amburn.
&Cgk-En su opinión, las frecuentes escapadas de Kerouac y Cassady -fuente de inspiración de En el camino- fueron en el fondo fugas imaginarias de dos amantes imposibles: &wqs-Aunque Neal nunca le pudo dar el amor que él quería, al menos le regaló la inmortalidad literaria&wrs-.
Relaciones insatisfechas
&wqs-Jack Kerouac insistía en que no disfrutaba en sus relaciones sexuales con hombres, pero seguía teniéndolas&wrs-, concluye su editor, y de ese &wqs-conflicto no resuelto&wrs- nacen también sus arranques de homofobia: &wqvigJ0-Los maricones no son artistas&4oCd-, pontificaba. Al único que salvaba de la quema era a Marcel Proust&wrs-.
&Cgk-De la homosexualidad reprimida al complejo de Edipo. Según Barry Miles, su último biógrafo (y van ya 30), la raíz de todos los males de Kerouac hay que encontrarlos en la enfermiza relación con su madre, Gabrielle.
&Cgk-&wqs-Aunque no hay manera de saber si Gabrielle abusó de su hijo cuando era pequeño, sí está probado que ella le llegó a proponer relaciones sexuales cuando él ya había cumplido los 30&wrs-, escribe Miles.
&Cgk-&wqs-Ocurriera lo que ocurriese, lo cierto es que ella le tenía raptado psicológicamente y de algún modo impidió su madurez como hombre&wrs-.
&Cgk-Mamere y Ti Jean -como se llamaban entre ellos- se hablaban en jouel, un dialecto de los canadienses francófonos, y siempre estuvieron unidos por un misterioso vaso comunicante, para desesperación de las dos primeras mujeres de Jack, Edie Parker y Joan Haverty.
&Cgk-Entre una y otras, Jack se quedaba siempre con Memere, &wqs-mi madre y mi mejor amiga&wrs-. Tan sólo Stella Sampas, con su paciencia de santa, supo mediar sin interferencias entre la madre inválida y el marido alcoholizado (se casaron tres años antes de su muerte).
&Cgk-Otro lastre pesadísimo que Kerouac arrastró a la tumba fue el de su hija, Jan, a la que se negó a reconocer hasta que una prueba de sangre le atribuyó la paternidad&4oCm-
&Cgk-&wqs-El tendría sus razones para no admitir que era mi padre, principalmente el miedo a sus propias emociones&wrs-, dejó escrito Jan, que murió bien joven, pasto de sus precoces coqueteos con las drogas. &wqs-Sé que mi padre vivió con su madre la mayor parte de su vida, y que en muchos sentidos era como un niño pequeño&wrs-.
&Cgk-&wqs-Kerouac puede haber sido un gran escritor, pero en valores humanos suspendió miserablemente&wrs-, concluye su biógrafo Barry Miles. &wqs-Fue una persona insensible, egoísta y cobarde, un perpetuo adolescente. Esa visión inmadura del mundo explica tal vez su éxito entre la gente joven, aunque le priva de ser un autor de primera clase, por su incapacidad de afrontar temas adultos&wrs-.
&CsK,-Antisemita y fascista?
&wqs-Kerouac sabía que tendrían que pasar unos 25 años para volver a conquistar el favor del público&wrs-, escribe desde la distancia Ellis Amburn, el editor de sus dos últimas novelas -Angeles de la de desolación (Caralt) y La vanidad de Duluoz (Anagrama, traducido por Mariano Antolín Rato).
&Cgk-Lo que quizá no sospechaba Kerouac es que acabaría convirtiéndose en el último icono de la cultura pop, utilizado como reclamo publicitario, subastadas sus pertenencias como si fuera Jackie O, vendidos su gabán, su sombrero y su maleta a un actor maldito, Johnny Depp, que ambiciona encarnarle en la película que con tanto celo prepara Francis Ford Coppola&4oCm-
&Cgk-Tampoco podría imaginar Jack Kerouac la polémica que causarían al cabo de las décadas sus brotes de antisemitismo, su conversión a la causa de los supremacistas blancos (en 1962 quemó una cruz en el gueto negro de Orlando, emulando al Ku Klux Klan) o su apoyo al senador Joe McCarthy en su caza de brujas contra los comunistas.
&Cgk-Como apunta Barry Miles, &wqs-desde 1954 hasta su muerte, Kerouac dio un giro hacia la extrema derecha, a un solo paso del Partido Fascista de América&wrs-.
&Cgk-Destrozando el mito de los 60
&Cgk-Muchas de las estrellas de la contracultura de los 60 se han apagado en realidad, algunas no eran tan brillantes-, pero los beats, que fueron su principal influencia, nos siguen fascinando más que nunca.
&Cgk-Quizá porque fueron escritores genuinos y no sólo material para los medios. El año pasado, cuando Allen Ginsberg y William Burroughs murieron, hubo un verdadero aluvión de notas. La novela En el camino (1957) de Jack Kerouac, que tardó seis años en encontrar un editor, vendió más de tres millones de ejemplares. Recibida con críticas devastadoras cuando se publicó, cambió la vida de muchos lectores y sirvió de estímulo a escritores y artistas tan diferentes como Norman Mailer, John Updike, Ken Kesey, Bob Dylan, Robert Stone, Thomas Pynchon, Hunter Thompson, Jack Nicholson, Nick Nolte, Jim Morrison, y aún al frío y reservado Tom Wolfe.
&Cgk-Numerosas biografías y memorias han descrito la atribulada vida de Kerouac desde aquel trabajo pionero de Ann Charter en 1973; una vida que él mismo registró minuto a minuto en más de 20 volúmenes. Kerouac no sólo poseía una memoria prodigiosa; además, escribía constantemente. Como si hubiera podido prever su posterior fama, guardó y archivó prolijamente cada papel.
&Cgk-La primera entrega de su correspondencia seleccionada apareció en 1995 y la editorial Viking también publicó varios volúmenes extraídos de sus 120 cuadernos de notas (una selección apareció recientemente en The New Yorker). El libro de Ellis Amburn, Subterranean Kerouac es sólo la primera de las nuevas biografías.
&Cgk-Lo que aparece en estos libros y documentos es una historia cautivante, estimulante e inefablemente triste al mismo tiempo.
&Cgk-Kerouac fue uno de los muchos outsiders talentosos -judíos, negros, mujeres sureñas, homosexuales, hijos de inmigrantes de clase trabajadora- que sitiaron a la literatura estadounidense después de la guerra. De todos ellos, tal vez él tuvo que hacer el trayecto más largo. Nacido en el seno de una familia canadiense de habla francesa, en un pueblo de agricultores de Massachusetts, Kerouac fue un niño tímido y soñador que no habló inglés hasta los 5 o 6 años. De la fama local como estrella de fútbol de la secundaria pasó a un mundo bohemio y trashumante que se extendió desde Morningside Heights, donde desertó dos veces de Columbia, hasta la zona del Golfo, Ciudad de México, París y Marruecos. Temía al aburrimiento más que a la muerte y nunca dejó de moverse, de buscar nuevas experiencias para volcar en la escritura.
&Cgk-Sus viajes a lo largo y a lo ancho del país con el hiperquinético Neal Cassady fueron su gran tema, y Cassady inspiró su pasaje a un estilo nuevo, más espontáneo. Desde que terminó En el camino, en 1951, y hasta su demorada publicación, Kerouac escribió una docena de libros de memorias no convencionales; todas fueron rechazadas por editoriales conocidas. Cuando el Aullido de Ginsberg y su novela despertaron en los medios el furor por la generación beat, hacía mucho que a Kerouac había dejado de interesarle el &4oCc-fenómeno&4oCd- beat.
&Cgk-Pasó la última década de su vida viviendo con su temperamental e intolerante madre, sin ningún contacto con sus amigos beat (a quienes ella odiaba), y volviéndose cada vez más amargo y conservador. Bebió hasta morir a los 47 años, en 1969. En ese período en el que Kerouac estuvo aislado y fuera de moda, Ellis Amburn fue su último editor; ocasionalmente, lo alentaba y le cuestionaba algunos pasajes, aunque por contrato tenía prohibido tocar su obra.
&Cgk-Amburn saca gran provecho de sus conversaciones telefónicas con Kerouac y cita generosamente sus propias cartas, pero no queda en claro si alguna vez lo trató. Aunque proporciona algunos nuevos detalles sobre la publicación de las últimas novelas de Kerouac, Desolation Angels y Vanity of Duluoz, la conexión fue demasiado limitada como para brindar algún tipo de conocimiento personal. La única justificación para contar nuevamente la historia de Kerouac es echar nueva luz sobre su obra, explorar su impacto indeleble sobre la cultura estadounidense. Si bien Amburn dedica el libro a dos críticos eminentes, F.W. Dupee y Lionel Trilling (&4oCd-mentores que me ubicaron en mi camino en la vida&4oCd-), niega todo objetivo literario: &4oCc-Dejo esa tarea formidable a los eruditos&4oCd-. En cambio, se dedica a mostrar a Kerouac como un homosexual homofóbico, destruido no sólo por la bebida y la fama sino también por una deshonestidad fundamental, por su sentimiento de culpa ante su compromiso con el arte y la atracción que sentía por los hombres.
&Cgk-A pesar de algunos errores y descuidos, que sugieren prisa, Amburn cuenta gran parte de la vida de Kerouac bastante bien. Su libro, sin embargo, es uno de los principales ejemplos de lo que Joyce Carol Oates llamó alguna vez &4oCc-patografía&4oCd-, un énfasis en lo negativo que además de ensombrecer los logros del sujeto los reduce a algo virtualmente inconcebible. Por su olvido de la obra y su insistencia en escarbar en la suciedad, este libro se parece más a una biografía destinada a destrozar a una estrella pop que a un trabajo sobre un escritor.
&Cgk-Amburn parece abrigar sentimientos duales sobre Kerouac y sobre los beats en general: algunas veces canta alabanzas a su influencia y abunda en superlativos banales cuando se refiere a sus obras; pocas páginas más adelante, los beats se convierten en especimenes despreciables de la humanidad, que constantemente se acuestan unos con otros, escriben sobre ellos mismos, toman drogas juntos y ayudan a destruir a las personas que se cruzan en su camino, especialmente si son mujeres. En un momento los beats ofrecen a los Estados Unidos &4oCc-una nueva visión de la experiencia humana, basada en la comunidad, la libertad, la espontaneidad y el amor&4oCd-. Sin embargo, cuando Burroughs le dispara a su esposa Joan, en un incidente famoso a lo Guillermo Tell, Amburn lo describe como &4oCc-el mejor ejemplo del abuso de las mujeres por parte de los beats, un sacrificio en el altar de la falsa masculinidad y la sexualidad deshonesta&4oCd-.
&Cgk-Como Ginsberg, Burroughs no ocultaba en absoluto su condición de gay; la homosexualidad fue un lazo que mantuvo unidos a los beats tanto como la amistad o la vocación de escribir. En cambio, a Kerouac, católico creyente criado en una familia de clase trabajadora aficionada al alcohol, sin duda lo atormentaba tener relaciones sexuales con hombres, aunque casi todas las evidencias provienen de sus propias palabras. En un barco mercante al comienzo de la guerra, tropezó accidentalmente con una variada actividad sexual en un ambiente seguro de machos. Incluso cuando se refiere a la infancia de Kerouac, y describe los sentimientos del joven Jack hacia su hermano mayor, Gerard, y su íntimo amigo Sebastian (Sammy) Sampas, Amburn se preocupa por mostrar indicios de atracción por el mismo sexo, a una edad en la que estos sentimientos son prácticamente universales. Al mismo tiempo, sigue insistiendo en que el único problema era la culpa: el pobre Kerouac debió haber descubierto que la solución estaba en aceptar su condición homosexual como sana y natural a principios de los 40.
&Cgk-Amburn intenta sacar provecho de todo, rastrea la vida sexual de Kerouac con un detallismo casi lascivo y lo sermonea constantemente desde el lugar de una moral tolerante que los beats contribuyeron a crear.
&Cgk-Así como documentó todos los demás aspectos de su vida, Kerouac hizo una lista &4oCc-sexual&4oCd- en la que registró sus muchas relaciones con mujeres, en la que figuraba incluso la cantidad de veces que se había acostado con cada una. Ninguna de estas relaciones duró más de un año o dos; al gunas fueron mucho más breves, pero como sabemos por libros como Tristessa, Maggie Cassidy y Los subterráneos, todos fueron apasionados e intensos. A pesar de su valiente honestidad confesional en otros asuntos, Kerouac quiso que el mundo lo viera más heterosexual de lo que realmente era. Presionó a Seymour Krim para que censurara su introducción a Desolation Angels, buscando certificar su &4oCc-aceptación prescindente de la homosexualidad de sus colegas literarios&4oCd-. Sin embargo, esto no convierte a la homosexualidad en el centro de su vida, como tampoco es la clave el desagradable racismo, el fascismo y el antisemitismo que Amburn también agita y fue más evidente en los últimos, miserables años de su vida.
&Cgk-Amburn enturbia las aguas al conceder que &4oCc-finalmente, no se puede definir a Kerouac por sus creencias y prejuicios más que por su sexualidad o incluso por su comportamiento violento&4oCd-, aunque esto es exactamente lo que permanentemente hace en este libro. En 1948, Kerouac escribió una carta imprudente a Neal Cassady, el héroe seductor de En el camino, preocupado porque los futuros lectores que estudiaran su correspondencia pudieran pensar que era homosexual.
&Cgk-&4oCc-Considero a la homosexualidad una hostilidad, no un amor&4oCd-, afirmó. &4oCc-La posteridad se reirá de mí si piensa que fui homo&4oCm- Los jóvenes estudiantes se sentirán desilusionados&4oCd-. Más significativa que su poco convincente rechazo de la homosexualidad es su convicción, antes de publicar una sola línea, de que no sólo sus libros sino también sus cartas serían leídas alguna vez, de que pertenecía al mundo de la literatura. Fue persistente en la defensa de la integridad de su trabajo contra todo editor que pretendiera alterarlo, incluido Amburn. A pesar de su odio a sí mismo, esto era lo que finalmente le importaba.
&Cgk-Amburn es exactamente el tipo de lector al que Kerouac temía, alguien que pudiera usar su confusión en el plano sexual para desacreditarlo. Pero en algunos momentos Amburn vira en una dirección totalmente opuesta, como cuando compara la llegada de Kerouac a San Francisco con la de Lenin a Finlandia (&-#8221;fue el comienzo de la toma de California por la generación beat&-#8221;) y argumenta que su efecto sobre la moral norteamericana fue el más fuerte desde Cotton Mather, el temible predicador puritano. Según la lógica de Amburn, la larga noche de represión de Mather fue superada sólo por el gozoso sentido de liberación de Kerouac. Sería imposible enumerar todas las faltas de tacto literario y de sentido común de Amburn. &-#8220;Aproximadamente a la misma edad que Sidarta y Cristo, él comenzó este período que sólo puede llamarse su ministerio&-#8221;. Pero una página más adelante escribe, sobre el episodio interracial en Los subterráneos: &-#8220;Como muchos racistas, él tenía prejuicios raciales en todas partes menos en la cama, donde la condición subhumana de su pareja sexual neutralizaba sus sentimientos y aumentaba su virilidad&-#8221;.
&Cgk-Kerouac no fue un demonio ni un santo, sino una persona falible, notablemente tierna, profundamente atormentada, cuyo sueño de infancia había sido convertirse en escritor, no en faro moral que iluminara a la humanidad. A menudo observador pasivo, fue fascinado por personajes avasalladores como Ginsberg, Burroughs, su amigo Lucien Carr y especialmente Cassady -huérfano, ladrón de autos, mujeriego, tramposo-, que se sentían más cómodos en su propia piel, exentos de dudas. Las personas que conocieron a Kerouac en su plenitud, como Norman Mailer y Gore Vidal (no siempre generosos a la hora de valorar a la competencia), invariablemente mencionan &4oCc-la dulzura de su carácter&4oCd- (en palabras de Vidal), su &4oCc-encanto animal&4oCd-.
&Cgk-Sin embargo, y a pesar de sí mismo, Kerouac efectivamente se convirtió en una suerte de liberador, al permitir a otros escritores liberarse de convenciones formales tanto como liberó a los lectores, por lo general jóvenes y varones, de las inhibiciones convencionales.
Amó a los grandes músicos del jazz por su genio improvisador, que intentó reproducir en una prosa que compensa con su fluidez lírica y vívida lo que le falta en recursos narrativos. Como escribió un lector: &4oCc-Infundió en ese torrente de palabras un vago e indescifrable deseo&4oCd-. El credo del momento era hogar, familia y madurez; en En el
camino y en otros libros sobre sus amigos beat, Kerouac creó un mito rival, el de la espontaneidad, el vuelo y la vida guiada por los impulsos. Fue una cuña que contribuyó a resquebrajar y ampliar la cultura norteamericana de posguerra. La bohemia literaria de la
generación beat puede parecer pasada de moda, pero su incansable búsqueda personal, a través del sexo, las drogas o alguna forma de disciplina espiritual, se ha convertido en una parte fundamental de nuestro modo de vida actual.