Fidel, ¿patria o muerte?
La vieja revolución
Que Fidel Castro no es un ejemplo a seguir creo que hay pocos que lo discutan. Como pocos son los que no lo ven como un personaje peculiar. Representante privilegiado de esa hornada de dictadores que llegaron al poder en diversas naciones hace varias décadas, es uno de los que todavía se resisten a aceptar la nueva dinámica e impulso que toman las sociedades modernas. Su rostro es áspero, su ánimo resistente y sus postulados son tan vetustos que sólo pueden calar hondo en un dogmático recalcitrante.
Es curioso sin embargo el apoyo popular que suscita en Cuba. Quizás no resulte tan llamativo cuando comprobamos la actitud de la mayoría de pueblos con sus gobernantes tiranos: todos alaban al dictador hasta que es derrocado. Es entonces cuando pasan de ser héroes a villanos con la rapidez de una centella.
La disidencia cubana en el exilio se frota las manos y lanza vítores ante el imaginario y futurible cadáver de Fidel. Tal vez deseando que Cuba se convierta en un nuevo estado del imperio. Lo van a tener mal, porque la mentalidad, el ritmo vital, la esencia del pueblo cubano es muy diferente al de su vecino del norte. El progreso y la libertad son valores a los que ninguna nación debería renunciar amparándose en presuntas revoluciones que han demostrado no serlo, pero otra cosa es caer en la trampa de un sistema social y económico que muchos no compartimos, por ser profundamente materialista, desigual e inductor del egoísmo, como es el capitalismo made in USA. Y creo que el pueblo de Cuba tiene esa lección aprendida.
Sin duda alguna, Fidel pasará a la historia como uno de los grandes resistentes contra los valores capitalistas. Pero no como un defensor de las ideas de izquierdas que definen a una sociedad como justa, igualitaria y libre. La izquierda de hoy, tal y como yo la concibo, está muy lejos de las soflamas soviéticas o de la lucha de clases del XIX. Difumina sus barreras para dejar de ser sectaria, incluyendo y no excluyendo a colectivos sociales a los que Castro encarceló por pensar y sentir de modo distinto.
No creo en las revoluciones que se hacen en contra de otras personas. Ese es el error permanente que cometen militares y políticos de diferentes tendencias e ideologías.
Llegará el momento en que las revoluciones no las hagan los pueblos, sino las personas, a través de su reforma íntima. Quizás ese día los seres humanos aprendamos a convivir.