Desde la proa
Es probable que endurezca el aire con arena, con el frío que invade tus brazos. Es probable sonreír sobre los bordes del barco que traslada islas, aguas anti-bióticas, diarios en bolsos de yute. Te veo alejándome y te haces pequeña: una mancha con ropajes.
Lanzamos monedas al aire, crustáceos de boca ancha, cepillos para el cabello. La suerte se juega a cada instante moviendo las bocas, aspirando la gravilla de los riscos formados por las olas. Y las monedas, crustáceos y cepillos caen de forma equivocada, por su lado más lateral, por el lado de la suerte que se vuelve simple inferencia.
Es probable de espaldas al puerto, ante mi huida, regreses a casa a clavar los calendarios, las almohadas, las fotografías con manchas de ropajes. Con los dedos de las manos hago las señales de las cruces, de todas las cruces del mundo, y las tiro a las gaviotas que inician su cortejo parsimonioso, su andar por el frío que nació de tus lágrimas.
Es probable que nos salga un as en este juego de cartas. Desde la distancia dejas de ser una mancha con ropajes y te dejas caer en los surcos del canal. Me veo alejándome, me veo paisaje con brisa, aleteando con los pulmones. Me veo cercano a tus sonrisas, a tu ombligo, a tus partos, a tu reflejo en el borde de la cama, a ese mirarte desde tus muslos.