De Putas por Madrid
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CastpostPasear por las calles céntricas de Madrid puede resultar una auténtica aventura. A veces sales de casa sin saber muy bien donde ir, pero con la certeza de que en tu camino encontrarás una variada tipología humana. La calle Montera tiene el olor y el sabor de esa degradación que por momentos puede resultar fascinante. Cientos de historias se arremolinan en torno a varias decenas de meretrices baratas, con sus chulos de tatuaje carcelario, reloj chapado en oro y bermudas indecorosos, explotadores de carne ajena cobrándose la deuda de otras vidas.
El sexo es la primera pulsión desde que nacemos y una de las energías que mayor influencia tienen en el ser humano. Por esa razón las luces rosas de neón de un sex-shop cobijan a varias chicas rumanas de no más de 18 años, pestañas generosas en rimel, piel delicadamente blanca y minifaldas de ocasión. Son casi niñas, pero ya conocen la sensación de estar en la cama con oficinistas y camareros, curas y abogados, turistas holandeses y bolivianos inmigrados. No importa para quien, sus camas pertenecen a todos.
En otra esquina un par de prostitutas negras ofrecen sus servicios completos por el precio de una noche en cualquier pensión barata. Apenas hablan el español, tampoco es necesario. Cuando pasas a su lado se dirigen a ti invitándote a probar el roce y el calor de sus voluminosos labios. Chupar y follar, chupar y follar, repiten mecánicamente. Varios policías observan la escena apostados en el coche patrulla, frente a la marquesina del autobús. Algunos de ellos ya conocen a estas mujeres en las distancias cortas, cuando el uniforme se queda tendido en casa.
El maremagnum de gentes de distintas procedencias sube y baja a ritmo frenético, simulando aquellas imágenes de cualquier avenida de Tokio en hora punta. De pronto se observa bajar un transexual que supera el 1.85 de estatura y siguiendo sus pasos un pequeño hombrecillo ecuatoriano se afana para no perder su estela. No parece ella muy satisfecha con su cliente, cuyos hijos tal vez ese día no encuentren pan en la mesa a la hora de comer. Su esposa se lo reprochará, pero sólo recibirá a cambio desprecio, cuando no algún golpe.
Los caminos de sordidez no terminan en la húmeda habitación de cualquier pensión, se prolongan con sus largos hilos conductores hacia la vida íntima de esas personas, que suben y paran, miran y bajan, mientras el neón continúa encendido, contemplando en silencio sueños rotos y deseos por cumplir.
Love comes quickly