Carta abierta a Rick Blaine
Querido Rick:
Son las dos de la mañana y estoy asomado a las balconadas de mi pequeño piso en la capital. Voy por la segunda cajetilla de Marlboro Light (¡vaya contradicción!) del día y he enlazado una resaca de campeonato con una borrachera sutil y suave, por aquello de no desperdiciar el fín de semana e invertir el hígado que nos quede en un retazo de malditismo. No es culpa mía. Miro el reloj, creo que deben ser las 11 en América. Siempre son las 11 en América, París nunca existió, nunca nos quedó aquella ciudad ni los resplandores de las tropas alemanas desfilando por los pavimentos viejos de la capital francesa.
No sé dónde está el mundo en el que vivía, Rick. Quiero decir, ya nunca llueve en las estaciones, ya nadie nos escribe cartas. Los sms no tienen tinta que se deslice hacia la soledad en un rincón del exilio. En los cafés en los que invertimos las horas y la paciencia nunca suena "La Marsellesa". Qué demonios. La libertad, ese concepto que acabó venciéndole la partida (es usted un sentimental, Rick, y ambos lo sabemos) se convirtió en un concepto filosófico por parte de los propios existencialistas franceses de posguerra (algunos colaboracionistas, otros también pero más recatados).
Usted ya sabe que soy cinéfilo. Y existencialista. Y además, usted sabe que nos conocemos desde hace ya varios años. Yo tenía 14 y pasaron "Casablanca" por Telemadrid a horas intempestivas. Durante un momento de la cinta, una simple frase:
- De todos las ciudades del mundo, de todos los bares, ha tenido que venir precisamente a este.
Otra escena. Ilse entra en el café y le pide a Sam que toque "As time goes by". Usted entra por la puerta contraria y, en un portento de la interpretación, su rostro se convierte en una mueca indescriptible. La mueca de la realidad asomándose por las ventanas del pasado. La mueca de la conciencia rota, la mueca que esgrimiría una mariposa antes de lanzarse con infernal ternura contra el fuego.
Yo, como tantos otros cinéfilos, confieso que aprendí a amar en "Casablanca".
Yo, como tantos otros espectadores, en tantos otros rincones del mundo, comprendí entonces que esa era la radiografía más o menos exácta de nuestra pequeña historia. De nuestra pequeña pasión, la que no cuenta nada en este loco. Nosotros debemos seguir jugando al ajedrez, fumando en silencio, siendo quizá un poco sentimentales y sobre todo, saber quedarnos en el aeropuerto cuando la niebla lo invade todo y la catástrofe toma un tinte melodramático.
Nosotros, aunque sólo sea como una oposición férrea y contundente contra todos los mediocres que andan sueltos ahí fuera, como una revancha contra los triunfadores, los grandiosos, los elegidos de la historia (ajena y femenina, para más señas), nosotros debemos fumar con paciencia y decir, simplemente: "Here&wrQ-s looking at you, kid"
Gracias por todo, Rick.