Hace poco he recibido un correo electrónico (gracias MB) avisándome sobre una noticia aparecida en el diario Qué!. Conociendo la línea de esta publicación, no debería sorprenderme ya nada de lo que ahí se cuente. Bajo el sensacionalista titular Los colores que vemos los determina nuestro idioma, nos cuenta que el hombre percibe el mundo en función del lenguaje, afirmando incluso que sólo somos capaces de percíbir lo que podemos pronunciar, según Jaume Estruch, director de Percepnet. Reproduzco el último párrafo de la noticia, ya que no tiene desperdicio:
Otro caso curioso es el de unos indios norteamericanos que denominan del mismo modo al "mar" y al "cielo". Como consecuencia de ello, este pueblo es incapaz de distinguir el horizonte, un concepto completamente desconocido.
Vaya, vaya. Así que como esos indios no tienen palabras distintas para mar y para cielo, no pueden distinguirlos. Me pregunto yo entonces cómo nosotros podemos distinguir el color del mar del color del cielo, ya que empleamos la misma palabra para él: azul. Bueno, vale, tenemos las expresiones azul marino y azul celeste (y muchos más tonos de azules), así que hagamos un sencillo experimento.
Aquí reproduzco una imagen de la web de Lighthouse International, que explica el contraste de colores, y cómo su elección es un detalle fundamental si queremos que nuestra web sea legible para personas con deficiencias en la percepción del color. ¿Sois capaces de distinguir los dos violetas del fondo? Sí ¿verdad? Y eso que ambos colores tienen el mismo nombre: violeta. Tal vez alguien con más conocimientos de color pueda darles un nombre distinto, pero para mí los dos son violetas. Es más, ¿de qué color es el círculo y el cuadrado? ¿Podéis nombrarlo? Yo no sería capaz, pero lo distingo perfectamente.
Hagamos otro experimento. Fijáos en esta otra imagen con cuatro cuadrados. ¿Veis los cuatro colores? ¿Sabríais nombrarlos? Yo no tengo ni idea de cómo llamarlos. Pero los distingo perfectamente. Bueno, hay dos que es algo más dificil (los de la izquierda), pero eso es debido a que se parecen mucho. No tiene nada que ver con el nombre que tengan en castellano, ya que no sé siquiera si tienen nombre. Pero soy capaz de percibirlos. Es decir, puedo percibir colores que no sé nombrar.
Otro ejemplo: ¿de qué color es la piel de una persona de raza blanca? Porque a menos que sea albina o de un pais nórdico, no es blanca. Cuando de pequeño dibujaba cosas, al colorear la piel de alguien, nunca sabía si debía utilizar un naranja, un rosa pálido, o un marrón claro. No sé como llamar ese color, y sin embargo lo conozco muy bien.
¿De dónde vienen esas afirmaciones de que sólo podemos percibir lo que podemos nombrar? Buscando la fuente original de la noticia, llego hasta un artículo de Percepnet, en el que se afirma que un estudio realizado por Paul Kay, del ICSI, demuestra que nuestra capacidad y rapidez en discernir un recuadro coloreado de sus recuadros vecinos dependerá de si sus colores tienen o no nombres distintos, al margen de la distancia cromática a la que se encuentren el uno del otro, pero sólo cuando se encuentran en el campo visual derecho. En realidad, el estudio lo que dice es que los experimentos realizados respaldan la Hipótesis de Whorf en el campo visual derecho, pero no en el izquierdo.
¿La qué? Veamos, la Hipótesis de Whorf (aunque sería más correcto decir de Sapir-Whorf) nos dice que hay una relación entre el lenguaje de una persona y su forma de pensamiento. Existen dos versiones, por llamarlas de alguna forma: la formulación fuerte, según la cual, el lenguaje determina completamente la forma en la que conceptualizamos, memorizamos y clasificamos la realidad que nos rodea; y la formulación debil, según la cual, el lenguaje tiene sólo cierta influencia en lo anterior. Parece ser que no hay evidencias empíricas que respalden la formulación fuerte, y sí hay experimentos que la contradicen. En cambio, existen evidencias que parecen respaldar la formulación débil. Digo parecen, porque hay que tener en cuenta que cuando nos adentramos en el mundo de la psicología y el funcionamiento de nuestro cerebro, pisamos terreno resbaladizo, y no se pueden afirmar las cosas de forma categórica.
Veamos un ejemplo: en la lengua de una tribu india de Nuevo México, llamada zuñi, no tienen palabras diferentes para designar el color amarillo y el naranja. Ambos colores tienen un mismo nombre en esa lengua. A varios zuñi, se les enseñaban objetos amarillos o naranjas. Después de un cierto tiempo, se les pedía que identidicaran qué objeto habían visto, de entre dos iguales, de color amarillo uno y naranja el otro. Los zuñi que sólo hablaban zuñi tenían más dificultad en hacerlo que los zuñi que hablaban inglés. Pero hay que tener en cuenta que los que ocurre es que no memorizan bien el tono exacto de color. Si a un zuñi se le pedía que diferenciara entre ambos colores, mostrados de forma simultánea, lo hacía perfectamente. Por tanto, los percibe correctamente.
Existen explicaciones alternativas a la Hipótesis de Whorf. Tal vez no sea el lenguaje el que influya en la forma de pensamiento, sino al revés. Es decir, puede que a lo largo de su historia, los zuñi nunca hayan tenido necesidad de diferenciar perfectamente entre el amarillo y el naranja, de forma que ambos colores se designan con una misma palabra. Esa misma tradición hace que no le den importancia a tal diferencia, y por tanto, no están acostumbrados a diferenciarlos en su cabeza de forma absoluta. Es decir, pueden diferenciarlos si los ven a la vez, pero no memorizarlos correctamente.
Veamos un ejemplo inverso: los indios del Amazonas tienen muchas palabras distintas para designar a distintos tonos de verde. Nosotros tenemos sólo una: verde, que podemos adornar con algún adjetivo (verde turquesa, verde oscuro, verde pistacho...). Si nos enseñaran un tono de verde muy concreto, y horas después nos pidieran que lo identificáramos entre otros tonos verdes similares, tal vez no podríamos hacerlo. Pero no porque confundamos los tonos, sino porque no recordamos exactamente cuál era el tono que vimos. Es decir, no es que percibamos menos tonos de verde que los indios del Amazonas, sino que no somos capaces de memorizar el tono exacto, seguramente porque en nuestro modo de vida es menos importante diferenciar el tono de verde que si viviésemos rodeados de vegetación.
Podéis hacer vosotros mismos un experimento. Fijáos bien en el este blog. Después, cerrad vuestro navegador, abrid un programa de edición de imágenes (como el Gimp), y con la herramienta de la paleta de colores, intentad reproducir exactamente el tono de verde del cuadro donde está la foto de Kosh, y el azul de la cabecera. Luego, comparad vuestro intento con los colores reales. Habrá quien se haya equivocado mucho, y habrá quien se haya equivocado poco. Pero seguro que todos podéis ver la diferencia. Podeis percibir perfectamente que los colores son distintos.
Veamos otro ejemplo más conocido. Los esquimales tienen muchas palabras para definir el color blanco, y para definir la nieve. Seguro que son capaces de distinguir pequeñas diferencias entre tonos de blanco (de gris claro, más bien) que a nosotros nos pasarían desapercibidas, pero ¿es debido al lenguaje? ¿O es debido a su adaptación a ese medio ambiente, con nieves y hielos perpétuos, y su lenguaje es una consecuencia (y no causa) de ello?
Un ejemplo más. Un niño es capaz de diferenciar los colores antes de aprender a hablar. Somos nosotros los que le decimos cómo se llama un color, y entonces asocia esa palabra al color que ve. Os contaré una anécdota curiosa. Uno de los primeros juguetes de mi hijo fueron unos aros de colores. Habá uno rosa, uno rojo, uno amarillo, uno verde, uno morado, y dos azules (uno oscuro y otro claro). Yo le iba diciendo los colores, y con el tiempo veía que los entendía (aunque aún no hablaba). Pensé cómo explicarle la diferencia entre los dos aros azules, sin tener que decir constantemente azul claro y azul oscuro, pero siempre tenía que recurrir a los adjetivos. Pasó el tiempo y ahora ya habla (con limitaciones). Hace poco me extrañaba que al referirse al color azul, a veces dice aful y a veces afules (sí, con efe), aunque se refiera a un único objeto. Pero resulta que llama azul al azul oscuro, y azules al claro. Parece que se da cuenta de la diferencia entre ambos colores, y decide llamarlos de forma diferente. Según esta experiencia, parece que el lenguaje es consecuencia de nuestra percepción, y no al revés.
En fin, que hay debate sobre si el lenguaje influye o no en nuestros procesos mentales, a la hora de memorizar y clasificar la información. Es decir, no está demostrada ninguna de las dos posibilidades. Y en cualquier caso, sólo se discute sobre la influencia en la forma de abstraer conceptos, no en la percepción en sí. Así que afirmar que nuestro lenguaje determina qué colores somos capaces de ver, es un disparate. El estudio que da pie a la noticia, sólo dice que la Hipótesis de Whorf parece confirmarse en el campo de visión derecho (es decir, lo que vemos con el ojo derecho y es recibido por el hemisferio izquierdo, donde se cree que reside la capacidad del lenguaje).
Y leyendo el estudio, incluso esa afirmación me parece muy aventurada, ya que por un lado los experimentos se realizaron siempre sobre personas de habla inglesa. Y por otro, los colores eran muy parecidos. ¿Cómo se puede saber si la lengua influye o no, si los sujetos del experimento hablan la misma? ¿Cómo saber si los altos tiempos de respuesta al distinguir los colores eran debidos a que tenían el mismo nombre, o a que eran muy similares cromáticamente? Para llegar a esa conclusión, habría que realizar el estudio sobre personas de lenguas distintas (y que los mismos colores utilizados, en algunas lenguas tengan el mismo nombre, y en otras nombre distinto), y comparar los resultados. ¿Os imagináis a Newton o a Galileo experimentando sobre la caida de objetos, utilizando simpre objetos de la misma masa y dejándolos caer desde la misma altura? ¿A qué conclusiones podrían haber llegado?