Septenario (III)
Un gallego toca tan mal la guitarra como canta.
"Comenzó una noche cualquiera y aún no lo he sabido parar", dice.
Por diversas circunstancias, hoy miércoles parece ser el día de los amores. El recuerdo que hoy me visitó, entonces, fue el de sus mujeres. Dos.
Sin embargo, de entre esas mujeres que marcaron su existencia yo me acuerdo mucho más de Mariela. Una flaca (muy flaca) de casi 1,90 y pelo muy enrulado. Los recuerdos son tres: el primero se remonta al cuarto de mi antigua casa y a una lámpara que daba de frente en un cuaderno de la escuela. Sí, yo también tuve mi época de deberes vigilados. Unos tres o cuatro meses, más o menos.
El segundo dispara en mi mente un viaje en Solfy, una empresa de ómnibus viejos y destartalados que te llevaba a Las Piedras, entre otros destinos. Allí me llevó ella un día, a conocer su casa. Todavía existía Centro Eléctrico.
El tercero y más nítido es el de una frazada y a cuadros y un radiograbador en el cuarto de mis abuelos. En otro rapto de "auyanetismo desbordante" él se encerraba con su novia mientras mi abuela me preparaba un vascolet bien cargado de grumos de cocoa y yo jugaba al fútbol de botones. El desplante se solucionaba con una escapada a comprar pizza o la convocatoria a una charla con "los amigos de la esquina" una vez que acompañábamos a Mariela a tomar el dichoso Solfy.
Lo siento, Fresán ataca de nuevo con el corolario de algo que hace algún tiempo convertí en post:
"De cualquier modo, por eso, otra vez, no me extraña la compulsiva utilización de la amnesia en las turbulentas tramas de las telenovelas mexicanas porque, si se lo piensa un poco, la amnesia no es sino una de las tantas formas en que se manifiesta el amor: habiendo olvidado todo, lo único que recordamos es que tenemos amnesia, del mismo modo que, al enamorarnos, nos olvidamos de todo - todo es olvidable - menos del hecho de que estamos enamorados, de que vivimos para acordarnos que tenemos que morirnos de amor".