La llamé, le pedí los datos para visitar a la enferma y partí el domingo a media tarde. Luego de bucear en el mar de gente que luchaba por burlar al guardia para ver a sus seres queridos, y de pasar por las habitaciones llenas de gente prácticamente desahuciada, llegué a la cama correspondiente.
Me impactó ver el estado de la señora Alicia. Con la lengua seca, morada y resquebrajada entremedio de los tubos, se movía inquieta en una semi-inconciencia, y su cara reflejaba un gran malestar.
Mi compañera, ojerosa y triste, se quebró. Mi primera reacción fue abrazarla, pero finalmente con algo de brusquedad la sacudí de los hombros. Le dije que debía estar tranquila, porque si se recuperaba volvería a su vida habitual en la casa, y si moría, ya no sufriría más. Gracias a Dios se tranquilizó.
Nos reunimos a la salida del hospital y me invitó a su casa. Su vecina y su madre la ayudan con su hija de seis meses mientras tanto. Ahí me contó que sólo una de las muchas amigas, incluyendo nuestras compañeras, había ido a verla o a ver a su madre, y me repitió a lo largo de la tarde que agradecía de corazón la visita.
Nunca deja de sorprenderme que caminemos por la vida rodeados de gente presta a fotografiarse con nosotros y bolsear unos tragos en nuestra mesa cuando estamos bien, pero de los que no se ve ni la sombra cuando realmente necesitamos&4oCm-
(*) Imagen tomada desde vidasintabaco.org