De nuevo la noche atrapa a Pierrot mientras contempla las estrellas. Sus ojos inquietos admiran la culminación del viaje más largo jamás soñado. Una mirada fugaz a la eternidad que se esconde cada noche con la llegada de un nuevo día. Ante él se alza la paciente obra trazada por un pulso que no teme a ese enemigo tan humano que es el discurrir del tiempo. Un discurso hecho luz destinado a sobrevivir verdades y mentiras. Un diálogo sin palabras que nos habla del insalvable abismo de la soledad y de la obstinada tendencia a caer de nuestros cuerpos en movimiento.
Pierrot lee en las estrellas que no hay momentos que no merezcan una caricia, una lágrima o un beso. Aprende de ellas que la felicidad es un ejercicio de confianza en la vida y que el miedo nos roba un tesoro tras otro&-#8230; un instante tras otro. Comprende, en definitiva, que la cadencia que marca nuestros pasos no atiende a la lógica que gobierna nuestras bibliotecas, sino a los latidos de nuestro propio corazón.
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